Índice
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
[Comentario
por S.Alfonso María de Ligorio]
Considera cómo Jesús, después de haber sido azotado y coronado de
espinos, fue injustamente sentenciado por Pilato a morir crucificado.
(Aquí se hace una pequeña pausa para considerar brevemente el misterio,
y lo mismo en las demás estaciones.)
ADORADO Jesús mío: mis pecados fueron más bien que Pilato, los que
os sentenciaron a muerte. Por los méritos de este doloroso paso, os
suplico me asistáis en el camino que va recorriendo mi alma para la
eternidad. Os amo, ¡ oh Jesús mío más que a mí mismo, y me arrepiento
de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme
de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mi como os
agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y
un Gloria.
Amado Jesús mío,
Por mí vas a la muerte,
Quiero seguir tu suerte,
Muriendo por tu amor;
Perdón y gracia imploro,
Transido de dolor.
[Alternativa
al comentario anterior. Comentario por S.S. Juan Pablo II, El Grande]
La sentencia de Pilato fue dictada bajo la presión de los sacerdotes
y de la multitud. La condena a muerte por crucifixión debería de haber
satisfecho sus pasiones y ser respuesta al grito: «!crucifícale! !crucifícale!
» (Mc 15, 13-14, etc.),. El pretor romano pensó que podría eludir
el dictar sentencia lavándose las manos, como se había desentendido
antes de las palabras de Cristo cuando éste identificó su reino con
la verdad, con el testimonio de la verdad (Jn 18, 38). En uno y otro
caso Pilato buscaba conservar la independencia, mantenerse en cierto
modo al «margen». Pero era sólo en apariencias. La cruz a la que fue
condenado Jesús de Nazaret (Jn 18,36-37), debía afectar profundamente
el alma del pretor Romano. Esta fue y es una Realeza, frente a la
cual no se puede permanecer indiferente o mantenerse al margen.
El hecho de que a Jesús, hijo de
Dios, se le pregunte por su reino, y que por esto sea juzgado por
el hombre y condenado a muerte, constituye el principio del testimonio
final de Dios que tanto amó al mundo (cf. Jn 3,16).
También nosotros nos encontramos ante este testimonio, y sabemos que
no nos es lícito lavarnos las manos.