TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae la primera vez debajo de la cruz
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V. Te adoramos, Cristo, y te
bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
[Comentario
por S.Alfonso María de Ligorio]
Considera esta primera caída de Jesús debajo de la Cruz. Sus carnes
estaban despedazadas por los azotes; su cabeza coronada de espinas,
y había ya derramado mucha sangre, por lo cual estaba tan débil, que
apenas podía caminar; llevaba al mismo tiempo aquel enorme peso sobre
sus hombros y los soldados le empujaban; de modo que muchas veces desfalleció
y cayó en este camino.
AMADO Jesús mío: más que el peso de
la Cruz, son mis pecados los que os hacen sufrir tantas penas. Por los
méritos de esta primera caída, libradme de incurrir en pecado mortal.
Os amo, ¡ oh Jesús, amor mio !, más que a mi mismo, y me arrepiento
de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme
de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade.
Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un
Gloria.
Amado Jesús mío, etc.
[Alternativa
al comentario anterior. Comentario por S.S. Juan Pablo II, El Grande]
Jesús cae bajo la cruz. Cae al suelo. no recurre a sus fuerzas sobrehumanas,
no recurre al poder de los ángeles. «¿Crees que no puedo rogar a mi
Padre, quien pondría a mi disposición al punto más de doce legiones
de ángeles?»(Mt 26,53). No lo pide. Habiendo aceptado el cáliz de manos
del Padre (Mc 14,36, etc.), quiere beberlo hasta el final. Esto es lo
que quiere. Y por esto no piensa en ninguna fuerza sobrehumana, aunque
al instante podría disponer de ellas. Pueden sentirse dolorosamente
sorprendidos los que le habían visto cuando dominaba a las humanas dolencias,
a las mutilaciones, a las enfermedades, a la muerte misma. ¿Y ahora?
¿Esta negado todo esto? Y, sin embargo, «nosotros esperábamos», dirán
unos días después los discípulos de Emaús (Lc 24,21). «Si eres hijo
de Dios...» (Mt 27,40), le provocaran todos los miembro del sanedrín.
«A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse» (Mc 15, 31; Mt 27,42),
gritará la gente.
Y él acepta estas frases de provocación, que parecen anular todo el
sentido de su misión, de los sermones pronunciados, de los milagros
realizados. Acepta todas estas palabras, decide no oponerse. Quiere
ser ultrajado. quiere vacilar. Quiere caer bajo la cruz. Quiere. Es
fiel hasta el final, hasta los mínimos detalles, a esa afirmación:
«No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (cf. Mc 14,36
etc.).
Dios salvará a la humanidad con las caídas de Cristo bajo la cruz.