DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús colocado en el sepulcro
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V. Te adoramos, Cristo, y te
bendecimos.
R. Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo.
[Comentario
por S.Alfonso María de Ligorio]
Considera cómo los discípulos llevaron a enterrar o Jesús, acompañándole
también su Santísima Madre, que le depositó en el sepulcro con sus propias
manos. Después cerraron la puerta del sepulcro y se retiraron.
OH Jesús mío sepultado. Beso esa losa que os encierra. Vos resucitasteis
después de tres días; por vuestra resurrección os pido y os suplico
me hagáis resucitar glorioso en el día del juicio final para estar eterna-mente
con Vos en la Gloria, amándoos y bendiciéndoos. Os amo, ¡ oh Jesús,
amor mio!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos
ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced
que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.
Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
Amado Jesús mío, etc.
[Alternativa al comentario anterior. Comentario
por S.S. Juan Pablo II, El Grande]
Desde el momento en que el hombre, a causa de pecado, se alejó del árbol
de la vida (cf. Gen 3), la tierra se convirtió en un cementerio. Tantos
sepulcros como hombres. Un gran planeta de tumbas.
En las cercanías del calvario había una tumba que pertenecía a José
de Arimatea (cf. Mt 27,60). En este sepulcro, con el consentimiento
de José, depositaron el cuerpo de Jesús una vez bajado de la cruz (cf.
Mc 15,42-46, etc.). Lo depositaron apresuradamente, para que la ceremonia
acabara antes de la fiesta de Pascua (cf. Jn 19,31), que empezaba en
el crepúsculo.
Entre todas las tumbas esparcidas por los continentes de nuestro planeta,
hay una en la que el Hijo de Dios, el hombre Jesucristo, ha vencido
a la muerte con la muerte. O mors! ero mors tua!: «Muerte, ¡yo seré
tu muerte!»(1.ª antif. Laudes del Sábado Santo). El árbol de la vida
, del que el hombre fue alejado por su pecado, se ha revelado nuevamente
a los hombres en el cuerpo de Cristo. «Si alguno come de este pan, vivirá
para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo» (Jn
6,51).
Aunque se multipliquen siempre las tumbas en nuestro planeta, aunque
crezca el cementerio en el que el hombre surgido del polvo retorna al
polvo (cf. Gen 3,19), todos los hombres que contemplan el sepulcro de
Jesucristo viven la esperanza de Resurrección.