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La
Cena del Señor
Victoria
Gómez
Para
todo israelita y dentro del calendario judío, la fiesta de la Pascua tenía, a
través de la historia, un significado profundo.
El comportamiento de Jesús, que siempre corresponde al de un judío
observante, la Cena pascual significaba para Él, como para todo judío, el
punto culminante del año religioso, el momento que le ayudaba a constatar mejor
y comprender la vocación de su pueblo.
Para Cristo y los Apóstoles, esta Cena era la última de la pascua judía.
Para ellos y para todos los cristianos era la primera cena de la Pascua del Señor.
Pero Jesús quería que, esta última cena de la Pascua judía, significara, en
adelante, el punto de arranque y el núcleo de la nueva historia, de la única
historia de salvación que iba a comenzar aquella misma noche a través de las
palabras y gestos de Jesús.
Los
diferentes relatos de los Evangelios sitúan esta Cena en un contexto de Pascua.
Nos cuenta S. Marcos en 14,12 la pregunta que los discípulos le hacen a Jesús:
“¿Dónde quieres que te preparemos la Cena de Pascua?”. Continúa S. Marcos
en 14,13-16: “Él despachó a dos discípulos, encargándoles: Id a la ciudad
y os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Seguidle y dónde
entre decid al hombre de la casa: De parte del Maestro, que dónde está la sala
dónde van a comer la cena de Pascua con sus discípulos... Y prepararon la cena
pascual.”
También
S. Lucas en 22,14-16 nos dice “Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con
los apóstoles y les dijo: Cuanto he deseado comer con vosotros ésta víctima
pascual antes de mi pasión. Os digo que no volveré a comerla hasta que alcance
su cumplimiento en el Reino de Dios.” Se sentían amados los discípulos, pero
aquel aire de despedida enturbiaba su alegría.
Nos cuenta Martín Descalzo en su libro “Vida y misterio de Jesús de
Nazaret”: Cuando los criados entraron en la sala después del primer plato,
para que se lavaran las manos, Jesús en vez de poner las manos para lavarlas,
tomó la jofaina, se ciñó la toalla que el criado llevaba, y arrodillándose
ante los discípulos, empezó a lavarles los pies. Hasta llegar a Pedro ninguno
de atrevió a oponerse a lo que Jesús hacía. Pero Simón retiró los pies,
diciendo. ¿Tú me lavas a mí los pies? Jamás me lavarás los pies; pero es
ahora cuándo Jesús endurece su tono: si no te lavo los pies no tendrás parte
conmigo. Pedro se doblega, diciendo; no sólo los pies sino también las manos y
la cabeza.
Subraya Papini que; únicamente una madre o un esclavo hubiera podido
hacer lo que Jesús hizo. La madre, contenta, por amor. El esclavo resignado,
por obediencia. También nos dice Charles Hauret: Toda la existencia del Señor
se encuentra resumida, recapitulada en la escena del lavatorio de los pies. Al
venir al mundo, el Verbo toma el uniforme de esclavo. Esta escena ilustra y
simboliza el programa de la vida del Salvador: rescatar al mundo mediante la
entrega absoluta. Esta acción de unos instantes resume toda una existencia, y
hace presentir-misteriosa anticipación la Eucaristía y el calvario, dónde Jesús
se entregará en provecho de todos, para la remisión de los pecados.
Añadió Jesús en el transcurso del lavatorio de la pies: “Vosotros
estáis limpios, pero no todos” (Jn 13,6-10). La traición de Judas estuvo muy
presente en estas palabras.
Luego,
Jesús tomó el pan sin levadura, lo partió y, al ir a distribuirlo, según la
costumbre, añadió unas
inesperadas palabras no encontradas entonces en ningún ritual: “Mientras
cenaban, Jesús tomó un pan, pronuncia la bendición, lo partió y se lo dio a
sus discípulos diciendo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo” (Mt 26,26). Tampoco
las palabras que siguieron estaban en ninguna tradición.” Tomando la copa,
pronunció la acción de gracias y se la dió diciendo: Bebed todos de ella,
porque esta es mi sangre de la alianza, que se derrama por todos, para el perdón
de los pecados” (Mat 26,27- 28). Habían brotado de los labios de Jesús,
estas palabras, tan inesperadamente cómo las de antes pronunciadas sobre el
pan.. El Evangelio de S. Lucas añade a las palabras anteriores. “Haced esto
en memoria mía” (Lc.22-19).
Conviene recordar, en este punto, la carta Encíclica de Juan Pablo II,
“Ecclesia de Eucharistía” de fecha 17 de Abril, Jueves Santo del año 2003.
En la Introducción, nos dice textualmente: La Iglesia vive de la Eucaristía.
Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que
encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia... Con razón ha
proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es “fuente y
cima de toda la vida cristiana”.
La Sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la
Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de vida,
que da vida a los hombres por medio del Espíritu
Santo. Por tanto, la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor
presente en el Sacramento del Altar, en el cual descubre la plena manifestación
de su inmenso amor.
Las palabras de (Jn 13-1) “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús
que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, después de haber amado a
los suyos del mundo, los amó hasta el extremo” y, el mandamiento nuevo que
nos describe (Jn,13,34; 15,12-17) nos traen, de nuevo, el recuerdo de Jesús en
la última Cena, que nos alientan a considerar y vivir “Un mandamiento nuevo
os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado”.
Cristo es el nuevo Cordero Pascual con cuya Sangre se borran los pecados
del mundo. Es la Sangre de la nueva Alianza de amor para un pueblo unido en
fraternidad.
En esa noche de la Última Cena, al decir Jesús —cuando reparte el Pan
y el Vino— “Haced esto en memoria mía”, claramente manifiesta la llamada
a los que deben perpetuar su acción pascual salvadora. Es la institución del
sacerdocio.
Nos dice Martín Descalzo, en el libro antes citado, y resumiendo su
exposición, que, en la última Cena se producen estas cuatro realidades: -La
primera, la presencia real de Jesús en la Eucaristía .Ningún enamorado se
resiste a la ausencia. Él quiso quedarse con nosotros y para siempre en la
Eucaristía.
-Moisés había sellado con Dios una alianza que sus antepasados juzgaron
definitiva. Se entiende luego, cómo los profetas comenzaron a hablar de una
Alianza más interior, una Alianza espiritual en la que borrados los pecados, el
hombre vuelve a la amistad definitiva con Dios.
-La tercera realidad que encierran las palabras de Jesús, es: Su Cuerpo
es comida y alimento de los que lo reciben.
-La cuarta realidad de la Cena es, que ella se prolonga en el tiempo. S.
Lucas y S. Pablo señalan que Jesús, tras consagrar el pan y el vino, dio a sus
discípulos la orden de hacer lo mismo en memoria suya.

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