Las
custodias de la monarquía hispánica
Francisco de
Paula Cots Morató
Universitat de
Valencia
Uno
de los objetos más importantes de una capilla, iglesia, monasterio, colegiata o
catedral es la custodia del Santísimo Sacramento.
Junto con la cruz parroquial – de un simbolismo diferente- representan
las piezas más destacadas del ajuar litúrgico. La custodia se destina a
exponer la Sagrada Forma a la veneración de los fieles. Aunque se trata de un
solo tipo de objeto, no todas las custodias son iguales ni cumplen la misma
función. Es obligatorio distinguir dos grupos: las procesionales y las de
altar. Las primeras son necesarias para procesionar el Cuerpo de Cristo. Las
segundas, para mostrarlo durante determinados cultos –novenas, triduos,
fiestas solemnes, etc. Ello no impide que, en muchas ocasiones, la custodia de
altar y la procesional sean una misma, dependiendo de la disponibilidad económica
del templo que la encarga.
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Eloi
Camanyes y Agustí Roda.
Custodia de la
Catedral de Tortosa. 1626-1638. |
La
custodia está íntimamente relacionada con la festividad del Corpus Christi.
Esta es instituida para toda la Iglesia Occidental por el papa Urbano IV en
1264, pero no es hasta 1311 cuando otro papa, Clemente V, ordena que se celebre
sin dilación. Al principio, no hay uniformidad en qué día debe conmemorarse y
el color de los ornamentos que le son propios. Finalmente, se decide en que sea
el jueves siguiente al domingo de la Trinidad y se usen ornamentos blancos y
amarillos, bordados en seda y oro.
En sus comienzos, esta fiesta no comportaba una procesión. Con el tiempo
esta se impone. En 1429 el papa Martín V ya la reconoce como instituida -lo que
confirma que se celebraba en varios lugares desde hacía tiempo- y concede cien
días de indulgencia a los que acompañen al Señor sacramentado. Parece que en
sus orígenes, se sacaba en procesión al Santísimo en un copón cerrado, como
en el Viático, pero pronto se idea una tipología que muestra a la Sagrada
Forma para su veneración. Este nuevo vaso se inspira en los antiguos relicarios
que permiten, a la vez, ver y transportar los restos contenidos en su interior.
Según sabemos hoy en día, este es el origen de la custodia sacramental.
Las custodias, que se adaptan a la moda imperante en el arte de cada
momento, deben labrarse en materiales preciosos o, en su defecto, dorados y
plateados. Como hemos advertido, las primeras surgen en la Baja Edad Media y por
tanto participan de las formas góticas con pináculos y arbotantes, así como
con decoraciones de cardos y motivos geométricos.
En la Monarquía Hispánica peninsular se conservan piezas de
extraordinario valor artístico y material. Son de diferentes estilos,
materiales y tamaños y permiten vislumbrar como nuestros antepasados no
ahorraron ningún tipo de esfuerzo a la hora de encargarlas.
De finales del siglo XIV, aunque con adiciones posteriores, es la de la
Catedral de Barcelona. De tipo torre y de plata dorada, descansa sobre un rico
sitial que perteneció, según la tradición, al rey Martí l’Humà. Es obra
que se adorna con innumerables joyas que ofrecen un rico y suntuoso conjunto. La
rematan dos coronas donadas, según algunos, por la reina Violant –tercera
esposa de Joan Iy, según otros, por el mismo rey Martí.
Al siglo XV pertenecía la desaparecida custodia de la Catedral de
Valencia. Se acuerda su construcción en 1442 y es labrada por el platero Joan
Castellnou. De gran altur4a y riqueza, sabemos que se engalanaba con numerosas
piedras preciosas. Fue fundida por el gobierno español en Mallorca en 1812,
junto con otras alhajas de la Catedral, para hacer moneda durante la Guerra de
la Independencia.
De finales del Cuatrocientos, o de comienzos del siglo siguiente, es la
de la Colegiata de Xàtiva, estudiada por González Baldoví y Ventura Conejero.
De tipo retablo, es obra magnífica de la platería valenciana de todos los
tiempos. Investigaciones recientes apuntan que en 1502 trabaja en ella el
platero Lope de Salazar.
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Custodia
de la Catedral de Toledo. |
El
siglo XVI es la centuria que más custodias nos ha legado. Ello se relaciona con
la abundante llegada a la Península de materiales preciosos desde América.
Destaca en la Corona de Castilla el platero Enrique de Arfe, llamado también
Enrique de Colonia por su procedencia. Él es quien realiza las de la Catedral
de Córdoba primero y la de Toledo después. Esta última es más bien un
templete hexagonal de plata, dorado en 1593 por Francisco de Alfaro, que cubre
una custodia interior de oro. La interior - labrada por Joan de Almeric, platero
vecino de Barcelona- es la que el cardenal Cisneros compró de la
testamentaría de la reina Isabel la Católica.
Ambas, tanto la de Córdoba como la de Toledo, son de tipo torre, están dentro
del gusto “gótico” y se adornan con numerosos pináculos, arbotantes,
relieves e imágenes, algunas de ellas esmaltadas.
Sin duda la más sobresaliente de la platería de la Corona de Castilla
es la de la Catedral Metropolitana de Sevilla. Es realizada por Juan de Arfe,
nieto de Enrique, entre 1579 y 1587. Mide casi cuatro metros de altura y es de
plata blanca, a excepción del viril –obra de Francisco Merino en plata
dorada. A diferencia de las anteriores, acepta con rotundidad los órdenes clásicos
y el lenguaje renacentista proveniente de la Península Italiana. Como en otras
de Juan de Arfe, predomina la arquitectura sobre la escultura. Ello no impide
que conlleve un rico programa iconográfico, ideado por el canónigo Francisco
Pacheco, basado en relieves e imágenes, programa que sigue los dictámenes del
Concilio de Trento. Estamos ante una pieza de carácter docente que explica a
los fieles los dogmas y misterios eucarísticos. Ha sufrido numerosas
alteraciones en su estructura y ornamentación, pero, no obstante, el esquema
que trazó Juan de Arfe no ha desaparecido.
El siglo XVI se proyecta en la centuria siguiente en la Corona de Aragón.
Entre 1626 y 1638 se fabrica la custodia de la Catedral de Tortosa. Es obra del
platero valenciano Eloi Camanyes y de su yerno, el tortosino, Agustí Roda. De
unos dos metros de altura, está inspirada en la arquitectura en madera,
concretamente en los retablos, y participa del lenguaje decorativo que,
proveniente de la Corte, se extiende por toda la Península durante el
Seiscientos. Sabemos que Eloi Camanyes trabaja en ella hasta su muerte, acaecida
en 1630, culminándola Agustí Roda, como ya se ha dicho.
El siglo XVIII es una centuria rica en la factura de custodias en España.
Se labran por doquier. Salamanca es uno de
los centros más activos. Destaca la del Convento de Madres Carmelitas de
Bracamonte, salida del obrador de Manuel García Crespo en 1766. De setenta y
dos centímetros de altura, está realizada en plata blanca y dorada. El astil,
muestra un ángel, que a modo de atlante, sostiene el sol. El tipo, sin embargo,
no es exclusivamente salmantino, sino que es característico de toda la zona
castellano-leonesa.
Pero
si los focos castellanos son activos, Valencia no lo es menos. Tenemos noticias
de custodias que llaman la atención tanto por la calidad de su diseño como por
su fina ejecución. Algunas, desafortunadamente, han desaparecido. Es el caso de
la llamada “de la Minerva” de la Colegiata de Xàtiva, cuyo modelo hizo el
escultor e imaginero José Esteve Bonet en 1774. Entre las conservadas destacan
la de Oliva, de 1775, y la de la iglesia de Santiago de Orihuela, contratada en
1773. La primera es de autor anónimo. Realizada en cobre dorado y plateado,
presenta una rica estructura y un completo programa iconográfico. El conjunto
ha de entenderse del siguiente modo: la
Hostia que se coloca en el viril es Jesucristo, muerto y resucitado, nacido
dentro de la Vieja Ley, pero que al dar su cuerpo y sangre, se convierte en el
árbol de la nueva vida y establece la Eucaristía, sacramento esencial de la
Nueva.
La oriolana, de plata blanca y dorada, muestra un astil con la figura de
la Fe en contraposto y
un sol formado por haces de rayos a bisel. Es pieza magnífica realizada por el
famoso platero valenciano Estanislau Martínez, fallecido en 1775. Este
pertenece a una saga de orfebres que se inicia con su padre, José Martínez
Vento, y termina con sus hermanos e hijo.
Para finalizar este recorrido por las custodias eucarísticas de la
Monarquía Hispánica, debemos mencionar la de la Catedral de Valencia, labrada
con posterioridad a la Guerra Civil. Fue dirigida por el platero Francisco Pajarón
y concluida, en su totalidad, en 1955. En ella intervienen numerosos artistas,
entre ellos el propio Pajarón. Mide más de cuatro metros de altura y está
labrada en ricos materiales como oro, platino, plata, perlas y piedras
preciosas. De tipo torre, contiene un complicado programa iconográfico en el
que figuran escenas de la vida de Jesús, relieves del Antiguo Testamento,
personajes bíblicos y santos vinculados al Reino de Valencia como Pasqual Bailón,
Francisco de Borja o Juan de Ribera.

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