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Reflexiones
sobre la Eucaristía
TEXTOS BÍBLICOS
Es
muy conveniente conocer los textos más importantes que la sagrada Escritura
ofrece acerca de la Santísima Eucaristía, por eso ofrecemos algunos.
EVANGELIO
SEGÚN SAN JUAN 6, 52-59
En
aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a
comer su carne? Entonces Jesús les dijo: Os aseguro, que si no coméis la carne
del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que
come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna,
y yo lo resucitaré en el último día. Mi
carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. El
Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el padre; del mismo modo, el que me
come, vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de
vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para
siempre. Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
EVANGELIO
SEGÚN SAN MATEO 26, 26-30
Mientras
comían, Jesús cogió un pan, pronunció la bendición y lo partió; luego lo
dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y cogiendo una
copa, pronunció la acción de gracias y se la pasó, diciendo: Bebed todos, que
ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el
perdón de los pecados. Os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de
la vid hasta que llegue el día en que lo beba con vosotros, pero nuevo, en el
reino de mi Padre. Cantaron los salmos y salieron para el monte de los Olivos.
PRIMERA
CARTA DE SAN PABLO A LOS CORINTIOS 11, 23-26
Yo
he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he
transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó
un pan y, pronunciando la Acción de
Gracias, lo partió y dijo: Esto es mi
cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo hizo
con el cáliz, después de cenar, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza
sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía. Por
eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la
muerte del Señor, hasta que vuelva.
DE LAS OBRAS DE SANTO TOMÁS DE AQUINO, SACERDOTE
El Hijo único de Dios, queriendo
hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que
hecho hombre, divinizase a los hombres.
Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros.
Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su
cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de
nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados
de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.
Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria
de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino,
su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra
bebida.
¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda
suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en
el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos,
como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?
No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los
pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos
los dones espirituales.
Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a
todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.
Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en
el cual gustamos la suavidad espiritual en su fuente y celebramos la memoria del
inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.
Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más
profundamente en el corazón de los fieles, en la última Cena, cuando, después
de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre,
Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como
cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo
dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.
DE LA ENCÍCLICA “MYSTERIUM FIDEI” DEL PAPA PABLO VI
LA
SAGRADA EUCARISTÍA
ES UN MISTERIO DE FE
Ante
todo queremos recordar una verdad, por vosotros bien sabida, pero muy necesaria
para eliminar todo veneno de racionalismo; verdad que muchos esclarecidos mártires
han sellado con su propia sangre y que célebres Padres y Doctores de la Iglesia
han profesado y enseñado constantemente, esto es, que la Eucaristía es un altísimo
misterio; más aún, hablando con propiedad, como dice la sagrada liturgia,
Misterio de fe: efectivamente, sólo en él, como muy sabiamente dice nuestro
predecesor León XIII, de feliz memoria, “se contienen con singular riqueza y
variedad de milagros todas las realidades sobrenaturales”.
Es, pues, necesario que nos acerquemos, particularmente a este misterio,
con humilde reverencia, no siguiendo razones humanas, que deben callar, sino
adhiriéndonos firmemente a la Revelación divina.
San Juan Crisóstomo, quien, como sabéis, trató con palabras tan
elevadas y con piedad tan profunda del misterio eucarístico, instruyendo en
cierta ocasión a sus fieles acerca de esta verdad, se expresó en estos
apropiados términos: «Inclinémonos ante Dios; y no le contradigamos, aun
cuando lo que El dice pueda parecer contrario a nuestra razón y a nuestra
inteligencia; Observemos esta misma conducta respecto al misterio, no
considerando solamente lo que cae bajo los sentidos, sino atendiendo a sus
palabras. Porque su palabra no puede engañar».
Idénticas afirmaciones han hecho con frecuencia los Doctores escolásticos.
Que en este sacramento esté presente el cuerpo verdadero y la sangre verdadera
de Cristo, “no se puede percibir
con los sentidos
—como dice santo Tomás—, sino sólo con la fe, la cual se apoya en la
autoridad de Dios. Por eso, comentando aquel pasaje de san Lucas 22, 19: “Este
es mi cuerpo, que será entregado por vosotros, san Cirilo dice: No dudes si
esto es verdad, sino más bien acepta con fe las palabras del Salvador: porque,
siendo El la verdad, no miente”.
Por eso, haciendo eco al Doctor Angélico, el pueblo cristiano canta
frecuentemente: en ti se engaña la vista, el tacto, el gusto; solamente se cree
al oído con certeza: creo lo que ha dicho el Hijo de Dios, pues no hay nada más
verdadero que esta Palabra de la verdad.
Más aún, afirma san Buenaventura: “Que cristo esté en el sacramento
como en signo, no ofrece ninguna dificultad; pero que esté verdaderamente en el
sacramento, como en el cielo, he aquí la grandísima dificultad; creer, pues,
esto, es muy meritorio”.
Por lo demás, esto mismo ya lo insinúa el Evangelio cuando cuenta que
muchos de los discípulos de Cristo, después de haber oído que habían de
comer su carne y beber su sangre, volvieron las espaldas al Señor y le
abandonaron diciendo: “Duro es este lenguaje; ¿quién puede escucharlo?”
Pedro, por el contrario, al preguntar Jesús si también los doce se querían
marchar, afirmó pronta y firmemente su fe y la de los demás Apóstoles, dando
esta admirable respuesta:” Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de
vida eterna”.

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