150 años de la definición dogmática

de Pío IX de la Inmaculada

Concepción de Santa María Virgen

(1854-2004)

 

El Papa acudió a Lourdes para celebrar allí este aniversario.

Ofrecemos algunas de sus homilías ante la Virgen María.

 

 

Saludo del Papa a los enfermos en la Gruta de Massabielle: Estas palabras fueron leídas en nombre del Papa por el cardenal Roger Etchegaray, presidente emérito del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.


            • Al llegar a la Gruta de Massabielle, deseo dirigir mi primer saludo a los enfermos, que vienen cada vez en mayor número a este santuario, a los que les acompañan, a los que les atienden y a sus familias.

            Junto a vosotros, queridos hermanos y hermanas, vengo como peregrino ante la Virgen; hago mías vuestras oraciones y vuestras esperanzas; comparto con vosotros este momento de la vida marcado por el sufrimiento físico, pero no por ello menos fecundo en el designio admirable de Dios.

            Con vosotros, rezo por los que son confiados a nuestra oración.

            • En mi ministerio apostólico, siempre he tenido una gran con- fianza en la ofrenda, en la oración y en el sacrificio de los que sufren.

            Os pido que me acompañéis en esta peregrinación para presentar a Dios, por intercesión de la Virgen María, todas las intenciones de la Iglesia y del mundo.

            Queridos hermanos y hermanas enfermos, quisiera abrazaros, uno tras otro, con cariño, y deciros que estoy muy cerca de vosotros y que soy solidario. Lo hago espiritualmente, confiándoos al amor maternal de la Madre del Señor y pidiéndole que os alcance las bendiciones y el consuelo de su Hijo, Jesús.


           
 

 

Introducción y oración conclusiva del Papa al rezar el Rosario:

 

            Queridos hermanos y hermanas:

             1. Al arrodillarme aquí, ante la Gruta de Massabielle, siento con emoción que he llegado a la meta de mi peregrinación. Esta gruta, en la que se apareció María, es el corazón de Lourdes. Recuerda a la gruta del monte Horeb en el que Elías se encontró con el Señor, quien le habló en «el susurro de una brisa suave» (1 Reyes 19, 12).

            Aquí, la Virgen invitó a Bernadette a rezar el Rosario, desgranando ella misma un Rosario. De este modo, esta gruta se ha convertido en la sede de una sorprendente escuela de oración, en la que María enseña a todos a contemplar con ardiente amor el rostro de Cristo.

            Por este motivo, Lourdes es el lugar en el que los creyentes de Francia y de muchas otras naciones de Europa y del mundo rezan, de rodillas.

            2. Peregrinos a Lourdes, también nosotros queremos esta tarde, al rezar con la Virgen, recorrer de nuevo los «misterios» en los que Jesús se manifiesta como «luz del mundo». Acordémonos de su promesa: «el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8, 12). Queremos aprender de la humilde sierva del Señor la disponibilidad dócil a la escucha y el compromiso generoso para acoger en nuestra vida las enseñanzas de Cristo. En particular, al meditar en la participación de la Madre del Señor en la misión redentora de su Hijo, os invito a rezar por las vocaciones al sacerdocio y a la virginidad por el Reino de Dios para que aquellos que son llamados sepan responder con disponibilidad y perseverancia.

            3. Con la mirada puesta en la Santa Virgen María, digamos junto a Bernadette : «Mi buena Madre, tened piedad de mi; me entrego totalmente a vos para que me deis a vuestro querido Hijo, a quien quiero amar de todo corazón. Mi buena Madre, dadme un corazón que arda totalmente por Jesús».


           
 

 

[Oración final]

 

¡Dios te salve María, mujer pobre y humilde,

bendecida por el Altísimo!

Virgen de la esperanza, profecía de tiempos nuevos,

nos asociamos a tu himno de alabanza

para celebrar las misericordias del Señor,

para anunciar la venida del Reino

y la liberación total del hombre.

 

¡Dios te salve María, humilde servidora del Señor,

gloriosa Madre de Cristo!

Virgen fiel, morada santa del Verbo,

enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra,

a ser dóciles a la voz del Espíritu,

atentos a sus llamamientos en la intimidad de nuestra conciencia

y a sus manifestaciones en los acontecimientos de la historia.

 

¡Dios te salve María, virgen dolorosa,

Madre de los vivos!

Virgen esposa ante la Cruz, nueva Eva,

sé nuestra guía por los caminos del mundo,

enséñanos a vivir y a transmitir el amor de Cristo,

enséñanos a permanecer contigo

junto a las innumerables cruces

en las que tu Hijo todavía está crucificado.

 

¡Dios te salve María, mujer de fe,

primera entre los discípulos!

Virgen, Madre de la Iglesia, ayúdanos a testimoniar siempre

la esperanza que nos habita,

teniendo confianza en la bondad del hombre

y en el amor del Padre.

Enséñanos a construir el mundo, desde el interior:

en lo profundo del silencio y de la oración,

en la alegría del amor fraterno,

en la fecundidad insustituible de la Cruz.

Santa María, Madre de los creyentes,

Nuestra Señora de Lourdes,

ruega por nosotros.

Amén.

 

Intervención de Juan

Pablo II durante la procesión

de las antorchas

 

            Queridos hermanos y hermanas:

             1. Cuando se apareció a Bernadette en la gruta de Massabielle, la Virgen María emprendió un diálogo entre el Cielo y la tierra, que se prolongó en el tiempo y que dura todavía. María pidió a la joven que se venga en procesión aquí, como para significar que este diálogo no podía quedarse en palabras, sino que debía traducirse en un camino con ella de peregrinación en la fe, la esperanza y el amor.

            En Lourdes, desde hace más de un siglo, el pueblo cristiano responde fielmente a este llamamiento maternal, poniéndose cada día en camino tras las huellas de Cristo Eucaristía y efectuando en la tarde una procesión en medio de cantos y oraciones en honor de la Madre del Señor.

            Este año, el Papa se une a vosotros en este acto de devoción y de amor hacia la Virgen Santa, la mujer gloriosa del Apocalipsis que lleva en su cabeza una corona de doce estrellas (Cf. Apocalipsis 12, 1). Al llevar en nuestras manos las velas encendidas, recordamos y profesamos nuestra fe en Cristo resucitado. De él nuestra vida entera recibe luz y esperanza.

            2. Os confío, hermanos y hermanas, una intención particular para la oración de esta noche: invocad conmigo a la Virgen María para que obtenga del mundo el don tan esperado de la paz. ¡Que suscite en nosotros sentimientos de perdón y de fraternidad! ¡Que se depongan las armas y que se apague el odio y la violencia en nuestros corazones! Que todos los hombres no vean en el otro a un enemigo al que hay que combatir, sino a un hermano al que hay que acoger y amar para construir juntos un mundo mejor.

            3. Invoquemos juntos a la Reina de la paz y renovemos nuestro compromiso al servicio de la reconciliación, del diálogo y de la solidaridad. Mereceremos así la bienaventuranza que el Señor ha prometido a «los que trabajan por la paz» (Mateo 5, 9).

            ¡Os acompaño con mi oración y bendición!
 

 

Homilía del Papa en la

eucaristía del día de la

Asunción María

 

             1. «Que soy era Immaculada Councepciou». Las palabras que dirigió María a Bernadette el 25 de marzo de 1858 resuenan con una intensidad particular en este año en el que la Iglesia celebra el 150 aniversario de la definición solemne del dogma proclamado por el beato Pío IX en la Constitución apostólica «Ineffabilis Deus». He deseado intensamente realizar esta peregrinación a Lourdes para recordar un acontecimiento que sigue dando gloria a la Trinidad una e indivisa. La concepción inmaculada de María es el signo del amor gratuito del Padre, la expresión perfecta de la redención cumplida por el Hijo, el punto de partida de una vida totalmente disponible a la acción del Espíritu.

            2. Bajo la mirada materna de la Virgen, os saludo a todos cordialmente, queridos hermanos y hermanas venidos a la gruta de Massabielle para cantar las alabanzas de la mujer a quien todas las generaciones proclaman bienaventurada (Cf. Lucas 1, 48).

            Saludo en particular a los peregrinos franceses y a sus obispos, en particular a monseñor Jacques Perrier, obispo de Tarbes y Lourdes, a quien agradezco sus amables palabras que me ha dirigido al inicio de esta celebración.

            Saludo al señor ministro del Interior, que representa aquí al gobierno francés, así como a las demás personas que forman parte de las autoridades civiles y militares presentes.

            Mi pensamiento afectuoso llega así a todos los peregrinos venidos hasta aquí de diferentes partes de Europa y del mundo, y a todos aquellos que se han unido espiritualmente a nosotros a través de la radio y la televisión. Os saludo con particular afecto, queridos enfermos, que habéis venido a este lugar bendito para buscar consuelo y esperanza. ¡Que la Virgen santa nos permita percibir su presencia y que reconforte nuestros corazones! 3. «En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa...» (Lucas 1, 39). Las palabras de la narración evangélica nos permiten percibir con los ojos del corazón a la joven muchacha de Nazaret en camino hacia la «ciudad de Judá» en la que vivía su prima para ofrecerle sus servicios. Lo que nos impresiona ante todo de María es su atención llena de ternura hacia su pariente mayor. Es un amor concreto que no se queda en palabras de comprensión, sino que se compromete personalmente en una auténtica asistencia. La Virgen no le da simplemente a su prima algo que le pertenece; se da ella misma, sin pedir nada a cambio. Ha comprendido perfectamente que, más que un privilegio, el don recibido de Dios es un deber, que compromete al servicio de los demás con la gratuidad que es propia del amor.

            4. «Engrandece mi alma al Señor...» (Lucas 1, 46). Durante su encuentro con Isabel, los sentimientos de María se reflejan con fuerza en el cántico del «Magnificat». Sus labios expresan la expectativa llena de esperanza de «los pobres del Señor» así como la conciencia del cumplimiento de las promesas, pues Dios «se acordó de su misericordia» (Cf. Lucas 1, 54).

            De esta conciencia surge precisamente la alegría de la Virgen María, que se refleja en todo el cántico: alegría de saber que Dios «ha puesto los ojos» en su «humildad» (Cf. Lucas 1, 48); alegría a causa del «servicio» que puede realizar, gracias a las «maravillas» a las que le ha llamado el Todopoderoso (Cf. Lucas 1, 49); alegría por experimentar con antelación las bienaventuranzas escatológicas, reservadas a los «humildes» y a los «hambrientos» (Cf. Lucas 1, 52- 53).

            Tras el «Magnificat» viene el silencio; no se dice nada de los tres meses de presencia de María junto a su prima Isabel. O quizá se nos dice lo más importante: el bien no hace ruido, la fuerza del amor se expresa en la tranquila discreción del servicio cotidiano.

            5. Con sus palabras y con su silencio, la Virgen María se nos presenta como un modelo en nuestro camino. Es un camino que no es fácil: por la falta de sus primeros padres, la humanidad lleva en sí la herida del pecado, cuyas consecuencias siguen experimentando los redimidos. ¡Pero el mal y la muerte no tendrán la última palabra! María lo confirma con toda su existencia, en cuanto testigo viviente de la victoria de Cristo, nuestra Pascua.

            Los fieles lo han comprendido. Por este motivo vienen en masa ante la gruta para escuchar las advertencias maternas de la Virgen, reconociendo en ella a «la mujer vestida de sol» (Apocalipsis 12, 1), la Reina que resplandece ante el trono de Dios (Cf. Salmo responsorial) e intercede a su favor.

            6. Hoy la Iglesia celebra la gloriosa Asunción al Cielo de María en cuerpo y alma. Los dos dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Asunción están íntimamente ligados. Ambos proclaman la gloria de Cristo redentor y la santidad de María, cuyo destino humano ha sido perfecta y de- finitivamente realizado en Dios.

            «Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros», nos ha dicho Jesús (Juan 14, 3). María es la prenda del cumplimiento de la promesa de Cristo. Su Asunción se convierte para nosotros en «un signo de esperanza segura y de consuelo («Lumen gentium», n. 68).

            7. ¡Queridos hermanos y hermanas! De la Gruta de Massabielle, la Virgen Inmaculada nos habla también a nosotros, cristianos del tercer milenio. ¡Escuchémosla!

                    Escuchadla, ante todo, vosotros, jóvenes, que buscáis una respuesta capaz de dar sentido a vuestra vida. Podéis encontrarla aquí. Es una respuesta exigente, pero es la única respuesta válida. En ella se encuentra el secreto de la auténtica alegría y de la paz. Desde esta gruta os lanzo un llamamiento especial a vosotras, las mujeres. Al aparecerse en la gruta, María confió un mensaje a una muchacha, subrayando la misión particular que corresponde a la mujer, en nuestra época que siente la tentación del materialismo y la secularización: ser testigo en la sociedad actual de los valores esenciales que sólo se pueden percibir con los ojos del corazón. ¡A vosotras, mujeres, os corresponde ser centinelas del Invisible! A todos vosotros, hermanas y hermanos, os lanzo un apremiante llamamiento para que hagáis todo lo que podáis para que la vida, toda vida, sea respetada desde la concepción hasta su término natural.

            La vida es un don sagrado del que nadie puede apropiarse.

            Por último, la Virgen de Lourdes tiene un mensaje para todos, es éste: ¡sed mujeres y hombres libres! Pero recordad: la libertad humana es una libertad marcada por el pecado. También tiene necesidad de ser liberada. Cristo es el liberador, él que «nos ha liberado para que seamos verdaderamente libres» (Gálatas 5, 1). ¡Defended vuestra libertad! Queridos amigos, en este objetivo sabemos que podemos contar con la que nunca cedió al pecado, la única criatura perfectamente libre. Os confío a ella. ¡Caminad con María por los caminos de la plena realización de vuestra humanidad!
 

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