Imagine por un
momento que hereda, inesperadamente, una vieja casa en
Madrid. Mientras la explora, en un rincón de una
habitación ve una caja. Al abrirla encuentra unas
cuantas viejas cartas.
La escritura es del siglo XVIII, pero las
cartas pretenden ser copias de cartas enviadas por el
rey Felipe II. Quiere saber si son genuinas.
¿Cómo puede decidirse? Si compara el papel y
la tinta con otras cartas del siglo XVI puede que no
encuentre diferencias sustanciales.
Entonces estudia el lenguaje y reconoce que
corresponde al español de ese siglo y no es posterior.
La prueba final es: ¿Reflejan realmente
estas cartas el tiempo de Felipe II? Al estudiarlas
encuentra una en la que el rey Felipe invita a la reina
Isabel de Inglaterra a visitarle y tomar té. ¡Ya tienes
la respuesta! ¡Nadie bebía té en Europa en el siglo XVI!
Las cartas no son auténticas: fueron creadas en el siglo
XVIII.
Esta historia ilustra, a pequeña escala, el
problema con el que nos enfrentamos cuando nos
preguntamos hasta qué punto es fiable la Biblia como
fuente de datos históricos.
Voy a hablar, principalmente, del Antiguo
Testamento, la Biblia hebrea. Es un problema difícil
porque las copias más antiguas de las que disponemos son
los manuscritos del Mar Muerto, copiados hace unos 2000
años.
Para algunos de los libros del Antiguo
Testamento, esas copias fueron hechas dos o tres siglos
después de haber sido escritos, en otros casos pueden
haber pasado siete u ocho siglos. No hay otros libros
hebreos antiguos con los que compararlos, aunque podemos
ver diferencias en el lenguaje entre los libros que se
concentran en acontecimientos anteriores a la conquista
de Jerusalén por los babilonios en el 586 a.C. y los
libros escritos en el período persa. En ausencia de
textos hebreos comparables, podemos buscar otras fuentes
de información sobre los acontecimientos y la cultura en
los días de los reyes de Israel y de Judá. Consideremos,
en primer lugar, la situación política, el marco
histórico. La Biblia menciona varios reyes extranjeros,
principalmente reyes de Asiria. Afortunadamente se han
encontrado inscripciones sobre esos reyes, escritas
durante sus reinados y que ahora podemos ver en nuestros
museos.
Pilar
de Absalón. Valle de Josafat. Jerusalén.
A los emperadores asirios les
gustaba darse pompa hablando de sus logros, de
los pueblos que habían conquistado y, entre
ellos, nombran a los reyes de Israel y de Judá.
Esos nombres aparecen en el mismo orden y en la
misma época tanto en las inscripciones asirias
como en la Biblia. Uno de los monumentos más
famosos es el obelisco negro de Salmanasar III.
Representa a un embajador rindiendo homenaje al
rey de Asiria, con una inscripción proclamando
que es el tributo de “Jehú, rey de Israel”. Las
fuentes asirias fechan el acontecimiento en el
841 a.C. También muy conocido es el informe de
Senaquerib de su ataque a Judá en el 701 a.C.
Capturó todas las ciudades del rey Exequias
excepto Jerusalén. En los muros de su palacio
los artesanos grabaron imágenes del ataque a
Laquis, una importante ciudad al sureste de
Jerusalén, dejándonos las únicas imágenes de los
habitantes de Judá en los tiempos del profeta
Isaías. Siempre que podemos contrastar las
narraciones bíblicas con los registros asirios,
son consistentes.
Los principales acontecimientos
históricos fueron conocidos durante mucho
tiempo. Supongamos que alguien, en los días de
Alejandro el Grande, en el siglo cuarto a.C.,
hubiera querido crear una historia ambientada en
los días de los reyes de Judá. Hubiera podido
reproducir el ambiente histórico de forma
creíble. Ahora le pido un poco de paciencia
mientras explico un pequeño detalle que
encuentro muy significativo.
Los nombres de los reyes de Asiria
suenan muy extraños en nuestros oídos: Tiglath-pileser,
Salmanasar, Esarhaddon. No ponemos esos nombres
a nuestros hijos (aunque quizá llamemos así a
nuestro gato). Hoy en día encontramos muchos
nombres extranjeros (chinos, japoneses, turcos o
mongoles) leyendo los periódicos y no sabemos
cómo pronunciarlos exactamente o cómo se
deletrean. En el capítulo 20 de la profecía de
Isaías aparece el nombre de un rey de Asiria, el
padre de Senaquerib, Sargón. Su nombre aparece
frecuentemente en las inscripciones cuneiformes
asirias y generalmente se pronuncia Sharru- ken,
no Sargón. En consecuencia, los expertos
concluyeron que la forma hebrea del nombre es
inexacta. En el palacio de Sargón arqueólogos
americanos encontraron un pequeño trozo de
arcilla con la marca de un sello. Es el sello de
un oficial asirio, con su nombre y su título en
alfabeto arameo: “Sello de fulano de tal,
oficial de Sargón”. En ese tiempo solo se
escribían, tanto en arameo como en hebreo, las
consonantes de cada palabra. El nombre del rey
aparece escrito como s r g n , con exactamente
las mismas letras como se escribe en hebreo en
el libro de Isaías. Esta, y otras evidencias,
indican que los asirios pronunciaban “s” y “g”
donde los babilonios, en el sur, dicen “sh” y
“k”. Las Escrituras conservan exactamente la
forma del nombre usada en el tiempo del rey
Sargón, pese a la desaparición de Asiria 100
años después de la muerte del rey y al exilio de
los judíos en Babilonia.
Los libros escritos en los siglos
tercero y segundo a.C. que mencionan a los reyes
de Asiria no conservan sus nombres correctamente
y el nombre de Sargón había sido completamente
olvidado.
La fiabilidad de los libros bíblicos
puede demostrarse con muchos ejemplos. No voy a
dar aquí un catálogo, sino a describir uno:
tiene que ver con el dinero. A lo largo de toda
la Biblia hebrea nos encontramos con la palabra
“siclo” y, a menudo le acompaña el verbo
“pesar”. Cuando Abraham compró el campo y la
cueva donde enterraría a su esposa Sara, “pesó
el dinero.... 400 siclos de plata (Génesis 23:
16). En aquellos días se pesaba la plata o el
oro para pagar.
O bien tenías pepitas o cortabas los
lingotes o los anillos para llegar al peso
exacto. Las primaras monedas se acuñaron
alrededor del año 600 a.C. En la Biblia, desde
Génesis hasta Reyes, no se mencionan las
monedas, y lo que es sorprendente es que sí
aparecen en los libros del período persa, en
Esdras y Nehemías (El Libro de Crónicas menciona
las monedas al relatar una acción del rey David
(1 Crónicas 29: 7), pero este libro fue escrito
en tiempo de los persas y su autor está usando
palabras que comprendían sus lectores).
Recientemente, un erudito ha
afirmado que el libro de Samuel hace referencia
a la acuñación, por lo que no puede ser un libro
muy antiguo, pero se equivoca, porque la palabra
siclo no hace referencia a una moneda sino a un
peso.
¿Por qué, entonces, la mayoría de
los eruditos no aceptan las narraciones bíblicas
como historias reales? En la mayoría de los
casos es el resultado de la crítica literaria y
de la hipótesis de la evolución de la religión
de Israel. Durante 200 años la fecha del libro
de Deuteronomio ha sido un asunto clave.
Muchos lo identifican con el Libro
de la Ley encontrado en el templo de Jerusalén
en el reinado del rey Josías (alrededor del 620
a.C.). Dan por supuesto que los reformadores de
Judá lo crearon poco antes de que fuera
encontrado, por lo que realmente no era un libro
antiguo, de los tiempos de Moisés, unos 600 años
antes.
Como consecuencia, cualquier otro
libro de la Biblia con el mismo estilo literario
(digamos los libros de Josué, Samuel, Reyes y
algunos profetas, en particular Jeremías) fue
escrito en esa misma época o después. Se dice
que esos libros son propaganda religiosa y que
nadie debe creerse la propaganda.
Pero la propaganda, en sí misma, no
es necesariamente falsa; en mi opinión, la
propaganda contra el tabaco es buena y dice la
verdad.
El apoyo para fechar Deuteronomio y
otros libros del mismo estilo en el siglo VII
a.C. o después no está bien fundamentado.
El libro podría ser mucho más
antiguo y su estilo podría haber existido
durante siglos. Las inscripciones de los reyes
asirios indican esto mismo. Tenemos anales de
reyes del siglo XII a.C. y anales de reyes del
siglo VII a.C. que comparten la misma forma,
muchas de las palabras y la misma ideología.
Esta continuidad de estilo ofrece
una buena analogía para apoyar que un mismo
estilo literario y una misma actitud teológica
podría haberse dado en Israel desde los tiempos
de Moisés hasta los de Josías. Por lo tanto,
fechar Deuteronomio y los libros relacionados en
el siglo séptimo o después no es tan seguro como
se suponía. En consecuencia, podemos confiar en
la información que estos libros proporcionan
como reflejo real de los tiempos y
acontecimientos que describen.
Una de las preguntas que se ha
planteado en los últimos años tiene que ver con
la existencia del rey David. No hay rastro de él
fuera de la Biblia. ¿Por qué no nos ha dejado
ningún monumento ni ninguna inscripción? El
hecho de que no existan inscripciones del rey
David no es excepcional. Mil años después de él,
otro gran rey reinó en Jerusalén, el rey
Herodes.
Todavía podemos ver algunos de los
edificios que levantó, pero ni una sola
inscripción suya se ha encontrado en Palestina.
Además, se argumenta, si el rey David era tan
poderoso e importante como se deduce de los
libros de Samuel, seguramente encontraríamos
referencias a él en las inscripciones de los
reyes de Egipto, Asiria y Babilonia.
Como no hay ninguna, no pudo haber
sido un rey tan importante como nos quieren
hacer creer los escritores hebreos. Cuando
examinamos la historia de ese período, alrededor
del año 1000 a.C., queda clara la razón de ese
silencio. En esa época Egipto no era fuerte y no
le preocupaban los asuntos de más allá de sus
fronteras; Asiria era débil porque las tribus
arameas del norte de Siria habían ocupado la
mayor parte de su territorio - algunas de estas
tribus se desplazaron hacia el suroeste y
fundaron el reino de Damasco- y las mismas
tribus se habían apoderado de Babilonia. Los
reyes asirios no podrían tener contacto con un
estado al otro lado de los arameos y sus
inscripciones, de nuevo, se interesan por
asuntos puramente locales. El rey de Tiro fue
amigo de David y quizá podría haber dejado un
monumento mencionándole, pero Tiro sigue siendo
hoy una ciudad y muy poco se conoce de su
historia antigua, y no se han encontrado
inscripciones de ninguno de sus reyes.
El hecho de que David no sea
mencionado por ninguno de los reyes de su
tiempo, no es, en consecuencia, evidencia de que
no fuera importante o de que pudiera tratarse de
un personaje de ficción.
Hace 10 años se encontró un
fragmento de una tabla de piedra con
inscripciones en Tel Dan, en la frontera norte
de Israel. Está escrito en el alfabeto usado por
los israelitas y sus vecinos (el alfabeto que
llamamos fenicio, que llegó hasta España) y que
en su idioma es el arameo. El monumento se
levantó probablemente para celebrar la victoria
de un rey, pero falta el principio, por lo que
no se ha conservado el nombre del rey; pudo ser
Hazael, rey de Damasco. El rey proclama su
victoria sobre un rey de Israel y de “la casa de
David” (beth David).
Es éste un testimonio de la
existencia, alrededor del 840 a.C., de una
dinastía fundada por alguien llamado David,
además de una referencia a Israel. La relación
entre esta dinastía y la familia de David que
gobernaba en Jerusalén está fuera de toda duda.
Era común nombrar a la dinastía por su fundador
y no hay razón para suponer que el fundador no
existiera. Luego he aquí una evidencia indirecta
y extra bíblica de la existencia de David y de
la dinastía que fundó.
Permítame demostrar hasta qué punto
es fiable el informe bíblico por medio de otro
ejemplo.
La historia de David y Goliat es muy
conocida. El primer libro de Samuel, capítulo 17
y versículos 5 - 7 describe la armadura y las
armas: “traía un casco de bronce en su cabeza, y
llevaba una cota de malla, de bronce, que pesaba
5000 siclos. Sobre sus piernas traía grebas de
bronce, y jabalina de bronce entre sus hombros.
El asta de su lanza era como un rodillo de
telar, y tenía el hierro de su lanza 600 siclos
de hierro” Aparece 4 veces la palabra bronce y
solo una vez la palabra “hierro”. Este detalle
me proporciona una valiosa pista. Si la historia
de Goliat hubiera sido inventada en el siglo VII
a.C., o incluso después, la proporción de los
metales sería extraña.
En esas fechas, la armadura y las
armas de un campeón serían de hierro, y el
bronce era algo anticuado.
Por el contrario, en el siglo XI
a.C. el bronce era el metal habitual, y el
hierro era nuevo, y poco corriente, limitado a
usos especiales, como la punta de la lanza.
El autor que hubiera escrito esa
historia 400 años después de los hechos
narrados, ¿conocería estos detalles? Lo dudo. Si
la narración de Goliat es fiable hasta esos
detalles.
¿no podemos aceptar la fiabilidad de
todo el relato? Otra gran figura de la Biblia es
Moisés y, como David, es un personaje
desconocido fuera del relato bíblico. Muchos se
preguntan: ¿Por qué no hay rastro de Moisés?
Egipto nos ha dejado tantos grandes templos,
tumbas, inscripciones y documentos y en ninguno
se menciona a Moisés, así que quizá, dicen
algunos, Moisés nunca existió. Puede ser
plausible, pero se ignoran las circunstancias de
la época. Los grandes faraones hicieron grabar
sus triunfos en las piedras de los templos, los
administradores y los contables mantuvieron
registros detallados de recibos y gastos en
rollos de papiro, los secretarios mantenían
listas actualizadas de los trabajadores y sus
tareas, del trabajo realizado, de las ausencias
por enfermedad u otros motivos. Pero las grandes
escenas en el templo nunca iban a contar
desastres, como la desaparición de muchos de los
trabajadores que fabricaban los ladrillos o la
tragedia que las tropas sufrieron en el Mar
Rojo. Los burócratas escribieron sobre papiro,
pero casi todos los rollos de papiro se han
podrido en el húmedo suelo egipcio.
Los que vemos en los museos fueron
enterrados en tumbas o en otros lugares del
desierto, donde se deshidrataron y se
conservaron.
Gruta
de la Anunciación. Nazaret.
No tenemos registros administrativos
de los lugares en que trabajaban los israelitas.
Como consecuencia, no podemos sorprendemos de
que Moisés y los israelitas no se mencionen en
los registros egipcios. Esto no nos permite
afirmar que Moisés no existió.
La arqueología nos puede enseñar
mucho sobre los tiempos bíblicos; puede ilustrar
la historia y arrojar luz sobre antiguas
costumbres y modos de vida, pero no puede damos
pruebas. Alrededor de Jerusalén hay muchas
tumbas cavadas en las colinas. Son pequeñas
cuevas. La entrada es pequeña, de un metro de
altura, cerrada por una gran piedra, como una
rueda o un canto rodado, para impedir la entrada
de los ladrones y las alimañas. En su interior
se puede estar de pié. Puede haber un nicho en
la pared y dos túneles horizontales de dos
metros de largo por uno de alto excavados en la
roca. El cuerpo se enterraba en uno de los
túneles. Al cabo de un año poco más que los
huesos quedaban.
La familia volvía a la tumba,
recogía los huesos y los guardaba en una caja,
un osario. El osario se guardaba en el túnel, en
el nicho o en el suelo. En ocasiones los
familiares escribían sobre la caja el nombre del
muerto. Los nombres que se han encontrado se
hacen eco, en ocasiones, de los que se mencionan
en los evangelios (María, Juan y otros). Esta
forma de enterrar a los muertos cesó cuando los
romanos conquistaron Jerusalén en el año 70
d.C., por lo que estos osarios demuestran que
los nombres que encontramos en los evangelios
eran corrientes entre los judíos del primer
siglo, algo que en ocasiones se había negado.
Recientemente quizá haya oído de un osario,
perteneciente a una colección privada, con la
inscripción: “Santiago, hijo de José, hermano de
Jesús”. Un amigo, experto en inscripciones
antiguas, concluyó que este osario contenía los
huesos de Santiago, el hermano de Jesús de
Nazaret, quien fue el líder de los cristianos en
Jerusalén. Yo no estaba convencido, pues los
tres nombres eran corrientes en esa época.
Ahora, como resultado de varios tests y otras
informaciones, se puede afirmar que la
inscripción es moderna.
La tumba en la que sus amigos
colocaron el cuerpo de Jesucristo era nueva. No
sabemos si José de Arimatea la usó
posteriormente.
Al tercer día después de la
crucifixión los amigos de Jesús encontraron la
tumba vacía. La arqueología puede descubrir
tumbas de esa misma época y explicamos cómo
eran. Pero ni la arqueología ni ninguna otra
investigación o ciencia puede demostrar la
resurrección de nuestro Salvador. Para eso
necesitamos fe.
Al considerar la fiabilidad de la
Biblia, la arqueología es una valiosa
herramienta que nos ayuda a colocar el texto en
su contexto y obtener así una mejor (más rica)
evaluación. Cuanto mejor comprendemos el
contexto, más se nos presenta la Biblia como un
libro antiguo en el que podemos confiar. En
último término, solamente por el ejercicio de
nuestra fe pueden ser juzgadas sus afirmaciones
sobre temas espirituales, y esto es algo que ha
sido así desde que se escribieron sus primeras
palabras. Para los siervos del Dios Vivo la
arqueología es un instrumento precioso para
comprender mejor la situación humana: los
hombres y sus ideas son como la hierba pero la
Palabra de nuestro Dios permanece para siempre.