Palabras del Papa
Benedicto XVI al inicio de la solemne concelebración
Querido cardenal
Meisner; Queridos jóvenes: Quisiera agradecerte
cordialmente, querido hermano en el episcopado, tus
conmovedoras palabras, que nos introducen tan
oportunamente en esta celebración litúrgica. Habría
querido recorrer en el coche descubierto toda la
explanada, a lo largo y a lo ancho, para estar lo más
cerca posible de cada uno.
El mal estado de los pasillos no lo ha permitido. Pero
os saludo a cada uno de todo corazón. El Señor ve y ama
a cada persona. Todos juntos formamos la Iglesia viva y
damos gracias al Señor por esta hora en la que nos dona
el misterio de su presencia y la posibilidad de estar en
comunión con él.
Todos sabemos que somos imperfectos, que no podemos ser
para él una casa adecuada.
Por eso comenzamos la santa misa recogiéndonos y rogando
al Señor que elimine en nosotros todo lo que nos separa
de él y lo que nos separa unos de otros, y así nos
conceda celebrar dignamente los santos misterios.
Queridos jóvenes: Ante la sagrada Hostia, en la cual
Jesús se ha hecho pan para nosotros, que interiormente
sostiene y nutre nuestra vida (cf. Jn 6, 35), comenzamos
ayer por la tarde el camino interior de la adoración. En
la Eucaristía la adoración debe llegar a ser unión. Con
la celebración eucarística nos encontramos en aquella
“hora” de Jesús, de la cual habla el evangelio de san
Juan. Mediante la Eucaristía, esta “hora” suya se
convierte en nuestra hora, su presencia en medio de
nosotros. Junto con los discípulos, él celebró la cena
pascual de Israel, el memorial de la acción liberadora
de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la
libertad. Jesús sigue los ritos de Israel. Pronuncia
sobre el pan la oración de alabanza y bendición. Sin
embargo, sucede algo nuevo. Da gracias a Dios non
solamente por las grandes obras del pasado; le da
gracias por la propia exaltación que se realizará
mediante la cruz y la Resurrección, dirigiéndose a los
discípulos también con palabras que contienen el
compendio de la Ley y de los Profetas: “Esto es mi
Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este cáliz
es la nueva alianza sellada con mi Sangre”. Y así
distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo tiempo, les
encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su
memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel
momento.
¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su
Cuerpo y su Sangre? Haciendo del pan su Cuerpo y del
vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más
íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que
desde el exterior es violencia brutal “la crucifixión”,
desde el interior se transforma en un acto de un amor
que se entrega totalmente.
Esta es la transformación sustancial que se realizó en
el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso
de transformaciones cuyo último fin es la transformación
del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15,
28). Desde siempre todos los hombres esperan en su
corazón, de algún modo, un cambio, una transformación
del mundo. Este es, ahora, el acto central de
transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo:
la violencia se transforma en amor y, por tanto, la
muerte en vida. Dado que este acto convierte la muerte
en amor, la muerte como tal está ya, desde su interior,
superada; en ella está ya presente la resurrección. La
muerte ha sido, por así decir, profundamente herida,
tanto que, de ahora en adelante, no puede ser la última
palabra.
Esta es, por usar una imagen muy conocida para nosotros,
la fisión nuclear llevada en lo más íntimo del ser; la
victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor
sobre la muerte.
Solamente esta íntima explosión del bien que vence al
mal puede suscitar después la cadena de transformaciones
que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás
cambios son superficiales y no salvan. Por esto hablamos
de redención: lo que desde lo más íntimo era necesario
ha sucedido, y nosotros podemos entrar en este
dinamismo. Jesús puede distribuir su Cuerpo, porque se
entrega realmente a sí mismo.
Esta primera transformación fundamental de la violencia
en amor, de la muerte en vida lleva consigo las demás
transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo
y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no
puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar
plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan
para que también nosotros mismos seamos transformados.
Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo,
sus consanguíneos. Todos comemos el único pan, y esto
significa que entre nosotros llegamos a ser una sola
cosa. La adoración, como hemos dicho, llega a ser, de
este modo, unión. Dios no solamente está frente a
nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de
nosotros, y nosotros estamos en él. Su dinámica nos
penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y
extenderse a todo el mundo, para que su amor sea
realmente la medida dominante del mundo. Yo encuentro
una alusión muy bella a este nuevo paso que la última
Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra
“adoración” en griego y en latín. La palabra griega es
proskynesis.
Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de
Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos
seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar
de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino
orientarse según la medida de la verdad y del bien, para
llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos,
verdaderos y buenos.
Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de
libertad se resiste, en un primer momento, a esta
perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será
posible en el segundo paso que nos presenta la última
Cena. La palabra latina para adoración es adoratio,
contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en
resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel
al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere
sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que
nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser.
Volvamos de nuevo a la última Cena. La novedad que allí
se verificó, estaba en la nueva profundidad de la
antigua oración de bendición de Israel, que ahora se
hacía palabra de transformación y nos concedía el poder
participar en la “hora” de Cristo. Jesús no nos ha
encargado la tarea de repetir la Cena pascual que, por
otra parte, en cuanto aniversario, no es repetible a
voluntad. Nos ha dado la tarea de entrar en su “hora”.
Entramos en ella mediante la palabra del poder sagrado
de la consagración, una transformación que se realiza
mediante la oración de alabanza, que nos sitúa en
continuidad con Israel y con toda la historia de la
salvación, y al mismo tiempo nos concede la novedad
hacia la cual aquella oración tendía por su íntima
naturaleza.
Esta oración, llamada por la Iglesia “plegaria
eucarística”, hace presente la Eucaristía.
Es palabra de poder, que transforma los dones de la
tierra de modo totalmente nuevo en la donación de Dios
mismo y que nos compromete en este proceso de
transformación. Por eso llamamos a este acontecimiento
Eucaristía, que es la traducción de la palabra hebrea
beracha, agradecimiento, alabanza, bendición, y asimismo
transformación a partir del Señor: presencia de su
“hora”. La hora de Jesús es la hora en la cual vence el
amor. En otras palabras: es Dios quien ha vencido,
porque él es Amor. La hora de Jesús quiere llegar a ser
nuestra hora y lo será, si nosotros, mediante la
celebración de la Eucaristía, nos dejamos arrastrar por
aquel proceso de transformaciones que el Señor pretende.
La Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra
vida.
No se trata de positivismo o ansia de poder, cuando la
Iglesia nos dice que la Eucaristía es parte del domingo.
En la mañana de Pascua, primero las mujeres y luego los
discípulos tuvieron la gracia de ver al Señor. Desde
entonces supieron que el primer día de la semana, el
domingo, sería el día de él, de Cristo. El día del
inicio de la creación sería el día de la renovación de
la creación. Creación y redención caminan juntas. Por
esto es tan importante el domingo. Está bien que hoy, en
muchas culturas, el domingo sea un día libre o,
juntamente con el sábado, constituya el denominado “fin
de semana” libre. Pero este tiempo libre permanece vacío
si en él no está Dios.
Queridos amigos, a veces, en principio, puede
resultar incómodo tener que programar en el
domingo también la misa. Pero si tomáis este
compromiso, constataréis más tarde que es
exactamente esto lo que da sentido al tiempo
libre. No os dejéis disuadir de participar en la
Eucaristía dominical y ayudad también a los
demás a descubrirla. Ciertamente, para que de
esa emane la alegría que necesitamos, debemos
aprender a comprenderla cada vez más
profundamente, debemos aprender a amarla.
Comprometámonos a ello, ¡vale la pena!
Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de
la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos
nosotros los que hacemos fiesta para nosotros,
sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente
el que prepara una fiesta para nosotros. Con el
amor a la Eucaristía redescubriréis también el
sacramento de la Reconciliación, en el cual la
bondad misericordiosa de Dios permite siempre
iniciar de nuevo nuestra vida.
Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a
otros hacia él. Una gran alegría no se puede
guardar para uno mismo. Es necesario
transmitirla. En numerosas partes del mundo
existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que
todo marche igualmente sin él. Pero al mismo
tiempo existe también un sentimiento de
frustración, de insatisfacción de todo y de
todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que
la vida sea así! Verdaderamente no.
Y de este modo, junto al olvido de Dios existe
como un “boom” de lo religioso. No quiero
desacreditar todo lo que se sitúa en este
contexto. Puede darse también la alegría sincera
del descubrimiento. Pero, a menudo la religión
se convierte casi en un producto de consumo. Se
escoge aquello que agrada, y algunos saben
también sacarle provecho. Pero la religión
buscada a la “medida de cada uno” a la postre no
nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de
crisis nos abandona a nuestra suerte. Ayudad a
los hombres a descubrir la verdadera estrella
que nos indica el camino: Jesucristo.
Tratemos nosotros mismos de conocerlo cada vez
mejor para poder guiar también, de modo
convincente, a los demás hacia él. Por esto es
tan importante el amor a la sagrada Escritura y,
en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que
nos muestra el sentido de la Escritura. Es el
Espíritu Santo el que guía a la Iglesia en su fe
creciente y la ha hecho y hace penetrar cada vez
más en las profundidades de la verdad (cf. Jn
16, 13). El Papa Juan Pablo II nos ha dejado una
obra maravillosa, en la cual la fe secular se
explica sintéticamente: el Catecismo de la
Iglesia católica. Yo mismo, recientemente, he
presentado el Compendio de ese Catecismo, que ha
sido elaborado a petición del difunto Papa. Son
dos libros fundamentales que querría
recomendaros a todos vosotros.
Obviamente, los libros por sí solos no bastan.
Construid comunidades basadas en la fe. En los
últimos decenios han nacido movimientos y
comunidades en los cuales la fuerza del
Evangelio se deja sentir con vivacidad.
Buscad la comunión en la fe como compañeros de
camino que juntos continúan el itinerario de la
gran peregrinación que primero nos señalaron los
Magos de Oriente.
La espontaneidad de las nuevas comunidades es
importante, pero es asimismo importante
conservar la comunión con el Papa y con los
obispos. Son ellos los que garantizan que no se
están buscando senderos particulares, sino que a
su vez se está viviendo en aquella gran familia
de Dios que el Señor ha fundado con los doce
Apóstoles.
Una vez más, debo volver a la Eucaristía.
“Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y
un solo cuerpo, pues todos participamos de un
solo pan”, dice san Pablo (1 Co 10, 17). Con
esto quiere decir: puesto que recibimos al mismo
Señor y él nos acoge y nos atrae hacia sí,
seamos también una sola cosa entre nosotros.
Esto debe manifestarse en la vida. Debe
mostrarse en la capacidad de perdón.
Debe manifestarse en la sensibilidad hacia las
necesidades de los demás. Debe manifestarse en
la disponibilidad para compartir. Debe
manifestarse en el compromiso con el prójimo,
tanto con el cercano como con el externamente
lejano, que, sin embargo, nos atañe siempre de
cerca.
Existen hoy formas de voluntariado, modelos de
servicio mutuo, de los cuales justamente nuestra
sociedad tiene necesidad urgente. No debemos,
por ejemplo, abandonar a los ancianos en su
soledad, no debemos pasar de largo ante los que
sufren. Si pensamos y vivimos en virtud de la
comunión con Cristo, entonces se nos abren los
ojos. Entonces no nos adaptaremos más a seguir
viviendo preocupados solamente por nosotros
mismos, sino que veremos dónde y cómo somos
necesarios. Viviendo y actuando así nos daremos
cuenta bien pronto que es mucho más bello ser
útiles y estar a disposición de los demás que
preocuparse sólo de las comodidades que se nos
ofrecen. Yo sé que vosotros como jóvenes
aspiráis a cosas grandes, que queréis
comprometeros por un mundo mejor. Demostrádselo
a los hombres, demostrádselo al mundo, que
espera exactamente este testimonio de los
discípulos de Jesucristo y que, sobre todo
mediante vuestro amor, podrá descubrir la
estrella que como creyentes seguimos.
¡Caminemos con Cristo y vivamos nuestra vida
como verdaderos adoradores de Dios! Amén.