Catequesis del Abad


La familia y
la transmisión de la fe

 

 

Permítanme que trate brevemente sobre el tema de la transmisión de la fe; es el tema central del V Encuentro Mundial de la Familia que tenemos la dicha de poder celebrar en Valencia y con la presencia del Santo Padre en el próximo mes de julio.
En España son muchos los niños que se bautizan, reciben la primera comunión y se confirman. Esta situación, dentro del ambiente secularizado y laicista que impera en España, nos obliga como Iglesia a plantearnos el papel de la familia católica en la transmisión de la fe, es decir en el ejercicio de la misión central de la Iglesia.

1.¿QUÉ SIGNIFICA “TRANSMISIÓN” DE LA FE?
La fe implica una decisión personal absolutamente intransferible. Supone un cambio interior y una movilización de las facultades del alma, un asentimiento libre en el que cada persona define los caracteres propios de su vida.
La fe es ciertamente un don de Dios. Es Él quien hace se asequible, quien nos invita a creer en él y mueve nuestras facultades interiores para que le aceptemos como apoyo y centro de nuestra vida. Pero a la vez, con esa inicial ayuda de Dios, la fe es respuesta del hombre, decisión personalísima por la cual cada uno define su propia vida.
Es preciso reconocer que no se puede hablar de una verdadera “transmisión de la fe”, como se habla de transmisión de una enfermedad, de unas cualidades hereditarias. La fe es mucho más personal, mucho más libre. La fe nace en cada persona y preparada por la acción creadora de Dios.
Sin embargo algo queremos decir cuando señalamos la dificultad actual en la transmisión de la fe. Queremos decir que se han alterado los medios habituales de colaborar al surgimiento de la fe en las nuevas generaciones. Medios habituales que son básicamente la familia cristiana y la cultura cristianizada. En una sociedad suficientemente cristianizada, la Iglesia ejerce su misión de ayudar a creer en Dios, fundamentalmente por medio de las familias cristianas y la influencia mentalizadora del ambiente cultural y social en el que vivimos.
La doctrina católica nos presenta, pues, el acto de creer en Dios como un acto esencialmente libre y profundamente personal.
 


2. FUNCIÓN DE LA FAMILIA
Durante siglos la fe ha ido pasando de padres a hijos sin que cayéramos en la cuenta de la importancia que tenía esa transmisión en la vida de la Iglesia. Ahora que ese proceso se ha alterado, comenzamos a echarlo de menos y valorarlo en lo que vale.
Comencemos por hacernos una pregunta muy sencilla pero fundamental: ¿quién nos ha enseñado a rezar?, ¿Cuándo y donde hemos aprendido a creer en Dios, en Jesucristo, a invocar a la Virgen María?, ¿Quién nos ha enseñado a distinguir el bien del mal?, ¿Dónde hemos aprendido a vivir como cristianos?.
Una sencilla observación sobre nuestra vida, nos hace caer en la cuenta de que la mayoría de nosotros hemos nacido a la fe gracias a la ayuda de nuestra familia. Ellos nos llevaron al Bautismo y ellos se encargaron de que creciera en nosotros personalmente la fe recibida.
En la mayoría de las familias cristianas, con la primera educación y las primeras ayudas para despertar en nosotros la vida consciente, se nos ofrecían las realidades de la fe, invitándonos a aceptarlas y tenerlas en cuenta con plena naturalidad. De este modo hemos recibido y aprendido el anuncio de Jesús desde el inicio de nuestra vida junto con los demás conocimientos. Aprendimos a hablar y aprendimos a rezar. Aprendimos a caminar y aprendimos a ir a la iglesia.
Nunca aprendimos una visión del mundo y de la vida, de las personas y de las cosas de manera cerrada. Lo recibimos todo iluminado por la fe en Dios. Íbamos a Misa los domingos como algo natural y necesario, éramos hermanos todos. La Iglesia – Parroquia - ocupaba un lugar importante en nuestra vida.
Esta fe era infantil que requería la formación adecuada y para eso estaba el catecismo en la infancia, adolescencia y juventud, en la madurez y quizás en la vejez. Sabíamos que la fe hay que ir renovándola y readaptándola en cada etapa de nuestra vida. Nos ayudaban los maestros, las catequistas y nuestros párrocos, que estaban pendientes de nosotros.
La formación recibida de esa manera penetra totalmente en el interior. Difícilmente eso se borra. La prueba es que estamos aquí, gracias a todo aquello.
Así ha sido hasta ahora y así tendría que seguir siendo.
Los padres cristianos saben que son colaboradores de Dios en la generación de sus hijos, colaboradores en la atención a sus necesidades y especialmente colaboradores en la apertura de sus hijos a la fe en Jesucristo. De Dios, Si los padres reciben a los hijos como un don ¿cómo podrían no enseñar a esos hijos a conocer a Dios? Si ellos se aman con amor cristiano, ¿cómo no darles a conocer a Cristo, que es el origen de ese amor?.
Los hijos de los matrimonios católicos son los primeros candidatos para la evangelización.
Sin embargo ahora no es así.
¿Qué es lo que ha pasado en el camino?
Hoy todavía la mayoría de los padres cristianos quieren bautizar a sus hijos y de hecho los bautizan. Pero ya son bastantes menos los que saben que el gesto de bautizar a sus hijos supone un compromiso de ayudarles a descubrir y vivir personalmente la fe recibida, educándolos cristianamente, en toda la amplitud y riqueza del término.
Tenemos que reconocer que el medio de transmisión de la fe, más normal y más efectivo durante siglos se ha desmoronado en pocos años. Esta es una de las novedades más graves y más preocupantes de la situación de la Iglesia en España, en nuestro pueblo. Hoy muchas familias no pueden educar la fe de sus hijos porque ya no son familias cristianas.
En nuestra Iglesia de España, de Valencia y también entre nosotros, existe ya conciencia de la gran tarea de evangelización que tenemos por delante. A veces no sabemos como empezar y de qué métodos servirnos. Pero estamos seguros de que hay que abrir caminos. Y algo fundamental necesitamos la ayuda de las familias que todavía son cristianas.

3. RECOMENDACIONES Y SUGERENCIAS
En grandes líneas es evidente que hoy la acción pastoral de la Iglesia en España necesita intensificar el anuncio de la Palabra, la llamada a la fe, a la celebración y recepción de los sacramentos.
Los cristianos, herederos de los usos de épocas anteriores, se muestran interesados por la recepción de los sacramentos de mayor relieve social. Pero no siempre acuden a estas celebraciones con la suficiente preparación ni con unas disposiciones personales suficientemente claras y sinceras para vivir el sacramento. Por eso, hoy la urgencia primera es intensificar el anuncio de la salvación de Dios, despertar y fortalecer la fe, aumentar la estima de la vida sobrenatural y de los bienes de Dios, despertar los deseos de vivir cristianamente en los fieles.
El Papa Juan Pablo II, el Grande, no paraba de invitarnos a una Nueva Evangelización; lo mismo el Papa Benedicto. Sin embargo, la sensación de la Iglesia no es esa. En cualquier reunión de sacerdotes y de grupos de católicos sensatos y comprometidos en la vida parroquial, surge siempre el mismo malestar y la misma pregunta: ¿Por qué los jóvenes se alejan de la Iglesia en cuanto terminan el proceso de iniciación cristiana?, después de la Confirmación desaparece todo el mundo. ¿Qué podemos hacer para que los niños y los jóvenes descubran, estimen y vivan con seriedad y alegría la vida cristiana? Para responder a estas preguntas hay que contar con la misión insustituible de las familias cristianas.
Veamos ahora unos cuantos pasos indispensables.
Entre nosotros el problema es tan grave y tan agudo que más que buscar recetas de índole pastoral, hay que descubrir las raíces de la situación que estamos y recurrir a soluciones fundamentales. El problema básico de nuestra sociedad está en la tendencia a la indiferencia religiosa favorecida por el establecimiento de unos modelos de vida cada vez más desconectados y más difícilmente compatibles con el Evangelio y la fe católica.
Vivimos en un ambiente social donde se minusvalora la religión católica; se menosprecia a través de los medios de comunicación, manifestaciones culturales, festivales, carnavales, cabalgatas, obras de teatro. Sobre la religión ha caído la sospecha de que es incompatible con la vida moderna y actual, enemiga de la felicidad y del recto crecimiento. Se predica la muerte de Dios. Dios es una palabra vacía, inservible, caduca. Lo cierto es que vivimos un ambiente cultural en conflicto: con Dios o sin Dios.
Vivimos como los cristianos de los siglos II y III, inmersos en una sociedad no cristiana y que trata de asimilarnos culturalmente.
Ante este panorama, ¿qué tenemos que hacer para volver a contar con unos padres cristianos capaces de educar cristianamente a sus hijos?
Una cosa es cierta. La primera condición para la transmisión o difusión de la fe en la sociedad actual es la existencia de una comunidad cristiana – parroquial – renovada, espiritualmente vigorosa, unida y consciente del tesoro que posee y de la misión que le incumbe. Una Iglesia misionera tiene que ser una Iglesia de santos y de mártires. Esta es la conclusión evidente de un razonamiento serio y responsable. Por eso, a la hora de pensar en la transmisión de la fe y la cristianización de las nuevas generaciones, la primera condición requerida es la conversión de la Iglesia, la conversión de los cristianos, nuestra propia conversión. Miren: la necesidad más urgente de la Iglesia es la necesidad de contar con evangelizadores creíbles, gracias a un testimonio personal y colectivo de vida santa.
Para ello necesitamos poner en pie unas comunidades cristianas verdaderamente entusiasmadas con Cristo. Comunidades que se sientan felices por haber conocido a Cristo, verdaderamente arraigadas y centradas en Él. Este paso no sería realista si no tuviéramos en cuenta los muchos cristianos sinceros que hay en la Iglesia. Es preciso llamarlos, convocarlos, hacerlos verdadera comunidad en la Parroquia.
Claro y que sean valientes y acudan a la llamada.
Comencemos por crear pequeñas comunidades realmente comprometidas: Grupo de oración, Pastoral de la Salud, Instituto de Ciencias Religiosas. Estos cristianos metidos en estas pequeñas comunidades han de ser fieles, han de trabajar mucho, han de ser agentes de la Nueva Evangelización. Han de actuar como levadura, sal y luz en medio de la masa.
Yo cada día lo tengo más claro: entre cantidad y calidad, hay que elegir la calidad. El que respondan a la llamada muchos o pocos no es asunto nuestro. Pero sí es nuestra obligación de presentar el Evangelio completo, la vida cristiana en su plenitud.
Se impone lo que yo llamaría una pastoral de autenticidad. Este es el punto de partida indispensable.
También hay que tener en cuenta la necesidad de una renovación espiritual, eclesial, doctrinal y apostólica de los Agentes de Pastoral. La división en las parroquias, la pastoral del mínimo esfuerzo, la comodidad, no es el mejor camino para una renovación seria.
 


4. IR AL GRANO
Ofrecer a los jóvenes una seria preparación al matrimonio. Revisar los contenidos y los métodos. Y exigir la asistencia de todas las parejas que piden el sacramento del matrimonio.
Exigir a los padres que piden el Bautismo para sus hijos asistir a una catequesis de preparación. Lo mismo a los padres de los niños de primera comunión. Y ver la forma que asistan.
Aprovechar las celebraciones: día de la familia; el día de la boda; aniversarios.
Tengamos en cuenta que hoy en día la falta de disposiciones espirituales adecuadas en la celebración de muchos matrimonios es una auténtica cruz para muchos sacerdotes. Nadie nos dice que debemos hacer en estos casos. De ninguna manera quiero sembrar una sensación de pesimismo ni de angustia. Es verdad que vivimos en nuestro país una crisis en la aceptación de la fe y en la perseverancia de los cristianos; también en las familias. Por eso es necesario que seamos serios en nuestros planteamientos, no ocultar la realidad por cruda que sea.
En el trabajo pastoral confiar en Dios. Cristo nos dice yo he vencido al mundo. No tengáis miedo. No os desaniméis. No hay duda de que Dios en estos momentos nos está pidiendo una mayor autenticidad, una purificación de nuestro orgullo y una recuperación de la fe en Él como principio de salvación.
Ahora y siempre no podemos renunciar a anunciar el Evangelio. Nadie nos hará callar. Anunciamos a Cristo a tiempo y a destiempo. Siempre y además con garra, alegría y muchísima ilusión.
 

 

 

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