El verdadero amor conduce a la felicidad de
las personas. La Iglesia confía en el amor porque reconoce en él la
iniciativa de Dios, su “ágape”, hacia el hombre. El cristianismo habla
claro: amar no se reduce a sentir un conjunto de experiencias agradables
en las relaciones humanas. Es algo más profundo y decisivo. El amor
humano es la respuesta a la iniciativa de Dios que ama al ser humano, y
le dota de una naturaleza capaz de amar y de reconocer la dignidad
personal en sí mismo y en los demás.
Benedicto XVI, en su encíclica «Deus caritas est», señala que el amor
humano —el eros— y el amor divino —el ágape— participan de una dinámica
unitaria, si bien poseen notables diferencias. El amor humano es
ascendente, responde al anhelo de plenitud del ser humano; mientras que
el amor divino es descendente, procede de la misericordia de Dios que
busca al hombre para remediar sus pobrezas y llevarlo a su felicidad
plena. El amor divino y el amor humano nunca llegan a separarse del
todo, porque «entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el
amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y
completamente distinta de nuestra existencia cotidiana».
El Santo Padre invita a reconocer el camino que enaltece el amor humano
y lo prepara para acoger el amor divino. Presenta el eros como el amor
«entre hombre y mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino
que en cierto sentido se impone al ser humano». Ese amor que surge de
modo espontáneo no es la última y más acabada expresión del amor, puesto
que pide ser saneado y mejorado para alcanzar su verdadera grandeza.
El amor no madura con los ojos cerrados, sino con una actitud abierta,
inteligente y responsable. Podemos confiar en el amor porque Dios ha
amado primero al ser humano y ha dejado su huella de amor en toda la
realidad. El camino hacia lo infinito y eterno «no consiste en dejarse
dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que
incluyen también la renuncia». Sólo ama de verdad la persona que se
implica en la entrega completa de su persona.
Benedicto XVI precisa que «ni la carne ni el espíritu aman: es el
hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman
parte el cuerpo y el alma». Es la exigencia ineludible del amor: sólo
cuando el cuerpo y el alma se funden en una unidad, el hombre
experimenta su auténtica identidad y el amor madura hasta su verdadera
grandeza.
La persona expresa con su cuerpo el lenguaje del amor. La corporalidad
humana necesita ser guiada por el espíritu, por la inteligencia y la
libertad. Las dinámicas propias de lo corporal son cíclicas: el hambre,
la sed, el sueño, incluso la pulsión sexual, el desgaste y el cansancio…
La libertad permite saberlas guiar hacia el bien integral de la persona,
hacia el cultivo de la libertad y de la capacidad de amar. Si las
personas pierden el dominio sobre ellas, se hacen sus esclavos. Ésta es
la raíz de tantas adicciones que azotan a las personas en nuestras
sociedades avanzadas: anorexia, bulimia, drogadicción, adicción al sexo,
al juego… El cuerpo necesita de la guía de la inteligencia, del
espíritu, de la libertad para ayudar a la plenitud de la persona.
A lo largo de la historia se han cometido errores antropológicos y
morales por despreciar el valor del cuerpo, por considerarlo una cárcel,
una prisión. Pero, hoy asistimos a una falsa valoración de la
corporalidad humana, definida por Benedicto XVI como «una exaltación
engañosa del cuerpo»: «el eros, degradado a puro sexo, se convierte en
mercancía, en simple objeto que se puede comprar y vender; más aún, el
hombre mismo se transforma en mercancía».
Los cristianos hemos de denunciar que la mercantilización del cuerpo y
de la sexualidad lleva a degradarlos a lo meramente biológico y a
alejarlos del ejercicio de la libertad y de la dignidad de las personas.
Tratar a las personas como animales, o a los animales como si fueran
seres humanos, es un grave e irracional atentado a la dignidad humana.
El V Encuentro Mundial de las Familias es una gran oportunidad para
difundir y transmitir el mensaje siempre nuevo y fresco que recupere el
sentido del amor, confiando en que todos podemos llegar a amar de modo
auténticamente humano y divino, pues el mensaje cristiano se funda en la
existencia verdadera que identifica a Dios con el amor.
Con mi bendición y afecto.