Al principio eran como nosotros:
torpones, cobardicas, dormilones...
Me refiero a los doce apóstoles que Jesús escogió.
Leemos en los evangelios que con frecuencia no entienden las
explicaciones de Jesús y han de pedirle que les explique el significado.
No comprenden las cosas de Dios.
También vemos que no son capaces de velar unas horas, cuando El se lo
pide en sus momentos de angustia en el huerto de los olivos.
Y qué decir de las repetidas negaciones de Pedro, (ya con el encargo de
ser cabeza del grupo elegido).
Tras el Viernes Santo el ambiente no estaba para bromas y tenían miedo a
los judíos, a los romanos, a todos. Se escondían en el Cenáculo donde
habían recibido su primera Comunión y el encargo de hacerlo por todos
los siglos.
¿Qué sentirían aquellos hombres y mujeres entonces? La tentación de
desbandada parece palparse en lo que ellos mismos nos cuentan en los
evangelios.
Quizás las promesas que les hacia Jesús les mantenía en pié (“os
conviene que yo me vaya...”).
Sin duda la mayor ayuda seria la fortaleza y la compañía de la Virgen
María (va con el encargo de ser madre de todos.
Su temple ante la cruz, su reciedumbre, falta de reproches pero con
palabras animosas...
Y sobre todo sus peticiones por ellos, eran una omnipotente súplica de
perseverancia.
Y no les bastó ver a Jesús resucitar entre los muertos, caso único por
su propio poder, en la historia de la humanidad.
Siguieron acobardados, aconejados en un agujero cincuenta días.
¿Y por qué cincuenta días precisamente? Nos lo cuenta con más detalles
San Lucas en los Hechos de los Apóstoles “Al cumplirse el día de
Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar y de repente
sobrevino del cielo un ruido, como de un viento fuerte,...” y sigue
contando cómo sobre cada uno de ellos se posó como una lengua de fuego y
que todos quedaron “llenos del Espíritu Santo” y comenzaron a hablar en
otras lenguas.
Y todos, también los muchos extranjeros que habían les entendían
perfectamente.
El fuego del Espíritu. Ese fue el regalo de perseverar unidos en la
oración. El fuego que da luz y calor y fuerza y coraje (algunos
asombrados comentaron si estaban borrachos!).
!Los que poco antes se escondían! Y el regalo de Pentecostés no fue un
hecho aislado en la vida de la Iglesia. Al que es amigo de Dios en el
momento que lo necesita el Espíritu lo robustece y de qué modo: desde
aquellos tiempos como al primer mártir Esteban hasta hoy como a
Maximiliano Kolbe y tantos más. Para todos hay promesa: unos renglones
adelante dice “también sobre mis siervos y siervas derramaré mi
Espíritu” y sigue anunciando que profetizaran y anuncia la salvación
para todo el que invoque al señor.
¿Y qué nos llega a nosotros de todo aquello? Pues para Dios que es
siempre igual, eternamente presente ahora sigue siendo Pentecostés y los
seguidores de los Apóstoles que son los obispos, para nosotros ahora Don
Agustín, siguen con el encargo de repartir el tesoro divino a todo el
mundo. En concreto también la efusión del Espíritu santo, basta para
ello estar bautizado y estar en Gracia de Dios.
Es decir dispuesto. Con Fe, Esperanza y caridad, que dicho de paso
también son de regalo.
El sacramento de la confirmación que van a recibir dentro de unos días
nuestros jóvenes es Pentecostés.
El poder divino no se ha apocado. Los tiempos que les ha tocado vivir
que es apasionante, lo es también muy preocupante. El rechazo a toda
norma especialmente si es exigente, el relativismo que vacía de fuerza
toda ética y que sustituye toda certeza por duda paralizante. El
hedonismo consumista que invade todos los ambientes. Los poderes
políticos que promueven un laicismo militante. Son los nubarrones del
paisaje que les espera en sus vidas.
Lo necesitamos más que nunca y apenas lo conocemos.
¡Ven Santo Espíritu! Inflama el corazón de nuestros jóvenes y el
nuestro, y solo así se renovará la faz de la tierra.
Eduardo