Dice S. Juan en su Evangelio: “Junto a la
cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la mujer
de Cleofás y María la Magdalena.
Jesús, pues, al ver a su madre y presente al discípulo que amaba, dijo a
su madre: -Mujer, así tienes a tu hijo.
Después dijo al discípulo: -Ahí tienes a tu madre.
Y desde aquella hora, el discípulo la acogió entre sus propias cosas”.
A) Lo primero que destaca el relato de S. Juan es la presencia, de pie,
junto a la cruz, de la Virgen María, acompañada por un grupito de tres
mujeres y un solo hombre.
La presencia de estos incondicionales puede sorprender: son los fieles
en los momentos de deserción.
La presencia de la madre no sorprende. No podía ser de otro modo.
Hubiera defraudado su ausencia.
El amor es el que mueve, y es el amor de madre de la Virgen María el que
la hace estar junto a su hijo en todo momento.
La Virgen María es uno de los nuestros. Y Dios la eligió en ella y nos
glorificó a todos por medio de ella. El la eligió para que fuera su
madre, no por fuerza de varón o de naturaleza biológica, sino por la
fuerza del Espíritu Santo, por la gracia de Dios. Dios quiso tener
necesidad de una mujer para nacer, y escogió a la Virgen María, y la
hizo sana e inmaculada. Tota pulchra es , María.
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Mare de Déu de Oreto
Ella acoge activamente y sin condiciones la Palabra de Dios: “He aquí la
esclava del Señor. Hágase en mí según su palabra”. La Virgen María cree
en la Palabra del Señor, y ésta la convierte en Madre de Dios. Cristo,
nuestro Salvador, es el Hijo de Dios y el hijo de María.
La Virgen María nos enseña a creer. En las bodas de Caná, a pesar de la
excusas de Jesús(“todavía no ha llegado mi hora”), María les dice a los
criados, y en ellos a todos nosotros: “Haced lo que Él os diga”. Ese es
el camino; ella lo conoce muy bien. “Haced lo que el os diga”, hacer lo
que Dios nos manda. María es la madre de la fe, y por eso se pone a
disposición de Dios sin oponer nunca resistencia alguna. Es siempre
obediente a la Voluntad de Dios; ella misma se autoproclamó la esclava
del Señor, y siempre acatará la Voluntad de Dios, le pida lo que le
pida, aunque sea tener que huir con su hijo en pañales a Egipto, a
través del desierto; o aunque ello sea algo tan horriblemente doloroso
como tener que presenciar los tormentos y la muerte de su hijo, el justo
entre los justos, ejecutado públicamente como un delincuente.
La Virgen María es santa porque Dios la eligió como Madre, creando así
unos lazos de amor imborrables entre ella y su hijo Jesús, lazos basados
en la relación genética. Pero los evangelios tienen el cuidado de
hacernos recordar en diversos pasajes que el verdadero mérito de la
Virgen María reside en su docilidad a la voz del Espíritu Santo, su
aceptación obediente a la Voluntad de Dios. Los sinópticos (Mt 12,47-50,
Mc 3,31- 35, Lc 8,19-21) nos dicen que, estando predicando Jesús,
alguien le anuncia que su Madre y sus hermanos están afuera esperando.
S. Lucas nos presenta una situación más clara aún un poco más adelante (Lc
11,27-28): una mujer del pueblo lanza un encendido piropo a su madre:
“Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. La
respuesta de Cristo es muy semejante en ambos casos:“Bienaventurados más
bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”, “Mi madre y mis
hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen”.En ningún
momento se pueden interpretar estos pasajes como que Jesús rechaza a su
madre, o que desprecia el sincero requiebro de aquella hija del pueblo.
Todo lo contrario; está llevando el elogio de su madre hasta su
culminación poniendo el énfasis en aquello que realmente le hace grande:
su cumplimiento absoluto e incondicional de la Voluntad de Dios. La
Virgen María merece nuestra veneración porque es la Madre de Dios, pero
también porque ha sido la que de una manera más perfecta ha escuchado la
Palabra de Dios y la ha cumplido, sin rechazar lar amarguras que Dios,
en su sabiduría infinita, le había destinado, como la de la escena de la
crucifixión.
B) En segundo lugar, S. Juan desvía el centro de atención hacia el
crucificado. Desde la altura del patíbulo, Jesús ve a su Madre y al
discípulo amado y les dirige unas palabras que son el centro de estas
reflexiones.
Estamos acostumbrados, la iconografía nos ha conducido a ello, a
contemplar la crucifixión como una escena estática, casi beatífica, como
si Jesús no estuviera sintiendo los horribles dolores que suponía el
peor de los suplicios: los cuerpos taladrados por los clavos,
suspendidos en alto, soportando todo el peso con las llagas abiertas.
Los testimonios que los textos de la antigüedad nos dan sobre los
horrores de este tormento son tales que hacen comprensible que los
primeros cristianos prefirieran otros símbolos para representar a Cristo
y a la nueva religión cristiana (el pez, el buen pastor, etc.); la
imagen de la cruz era excesivamente cruel y agresiva.
Jesús, en medio de los atroces sufrimientos provocados por la
flagelación, la coronación de espinas, el camino del calvario
arrastrando el madero, la terrible crucifixión, saca fuerzas de su
infinito amor para mirar a su madre y al discípulo amado y decirles unas
palabras que son una revelación: “- Mujer, ahí tienes a tu hijo.
- Ahí tienes a tu madre”.
Primero se dirige a su madre, encomendándola al discípulo que a todos
nos representa. Y después se dirige al discípulo señalándole a María
como madre, Surge así un nuevo sistema de relaciones.
Nuevamente la Virgen María se convierte en madre por la gracia y la
voluntad de Dios, sin intervención de varón ni de naturaleza biológica.
Ella es nuestra madre, y ello nos convierte en hijos de Dios y hermanos
de Cristo.
Lo que está haciendo Cristo, momentos antes de su muerte, no es
encomendar su madre, desvalida y sola, al discípulo, para prevenir las
dificultades y miserias de la soledad a la edad madura, sino todo lo
contrario. Es el discípulo el que recibe nueva madre para que no se
encuentre solo y desamparado en la nueva vida que empieza.
El discípulo amado, y en él todos los cristianos, nacemos a una nueva
vida, no de la carne y de la sangre, sino, como Jesús, de la Voluntad de
Dios y de la Madre de Jesús.
En la Cruz, el Señor nos redime; surge una nueva creación, una nueva
vida. Del mismo modo que en el Génesis Adán proclama a Eva madre de la
humanidad, así el nuevo Adán, Jesucristo, proclama a María, a la que
llama mujer, madre de la nueva humanidad que en ese momento nace. La
Virgen María es la madre de la Iglesia, simbolizada en aquel momento por
el discípulo amado.
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Inmaculado Corazón de María
No es, por lo tanto, una escena de derrota y de acabamiento, de
decepción y de muerte, sino una escena en la que la vida se transmite,
en la que se perpetúa la vida santa del espíritu de Dios. La Virgen
María es la madre de Cristo, de todo Cristo, tanto de la cabeza, como
del resto del cuerpo. San Pablo habla del Cuerpo Místico de Cristo, que
es la Iglesia. María es la madre, tanto de Jesucristo, como de su
Iglesia.
Ahora se entiende la oportunidad del momento. Los evangelios son
enormemente económicos.
Nunca dicen nada de manera gratuita.; todo tiene su sentido y su
finalidad. Cualquiera que reflexione un poco sobre esta escena, que he
elegido como objeto de nuestra reflexión sobre la maternidad de María,
puede llegar a preguntarse por qué en ese momento. ¿No pudo encontrar
Jesús otro lugar más adecuado para encomendarnos a su madre? ¿Por qué,
precisamente en el momento de la crucifixión, cuando está ya agonizando?
Con Cristo muere la humanidad vieja, y de él nace la humanidad nueva, de
la que hace madre a María, la nueva Eva. No podemos separar nunca la
figura de Cristo de su misión redentora. No se trata de un hombre común,
sino de Dios encarnado, que está llevando a término el misterio de la
salvación.
Está fundando la Iglesia, y la pone bajo el amparo de su madre, lo mismo
que Dios, en su designio eterno, quiso que su Hijo, Jesús, creciera bajo
la tutela amorosa de su madre santísima. La Virgen María crió a su Hijo,
guiándolo y protegiéndolo mientras estuvo a su cuidado. Ella guía
también a la Iglesia, nos guía también a nosotros. No estamos solo,
huérfanos y desvalidos en medio de los conflictos y dificultades de la
vida. Ella nos tutela y nos ampara.
Puestos los ojos en ella, como un niño se fija en su madre, escuchamos
que nos dice:”Haced lo que él os diga” C) El último punto de nuestra
consideración es la frase final del evangelista: “Y desde aquella hora
el discípulo la acogió entre sus propias cosas”.
El original griego de esta frase, literalmente se puede traducir como:
“El discípulo la acogió entre sus propiedades”. En la mayor parte de los
textos modernos se traduce como: “El discípulo la acogió en su casa”. El
sentido de estas palabras es “desde aquel momento la tomó como suya”, es
decir, “ la aceptó como madre”. San Juan tiene mucho cuidado en dejar
constancia de la actitud del discípulo, que acepta a María como madre
desde aquel mismo instante. Tan importante es que Cristo nos entregue a
su madre, como que nosotros, representados por el discípulo, queramos
acogerla.
Aceptar a María como madre supone ponernos bajo su amparo amoroso. No
estamos solos y desvalidos; tenemos una madre que vela por nosotros, una
madre que intercede por nosotros, una madre que siempre nos ama, aunque
no siempre seamos dignos de su amor. Por eso la llamamos refugio de los
pecadores, consoladora de los afligidos y auxiliadora de los cristianos.
Ella es nuestro auxilio, nuestro consuelo y nuestro refugio; es nuestra
abogada, nuestra defensora, a quien podemos acudir en los momentos de
angustia y de dolor, seguros de que ella nos consolará con la dulzura de
su amor maternal.
Pero aceptar a María como madre supone también respetarla con amor
filial y reconocer su autoridad.
Ella nos enseña cómo hemos de ser dóciles a la voz de Dios y nosotros
debemos aprender a serlo, siguiendo sus huellas purísimas; ella ha
pisado antes ese camino y nos lo muestra con toda claridad: siempre a
disposición de Dios, obedeciendo, haciendo, en silencio, la voluntad del
Señor, que nos salva y nos da la felicidad verdadera. De ella hemos de
aprender a saber qué hemos de hacer: “He aquí la esclava del Señor”.
En ella reside la auténtica sabiduría.
La sabiduría no tiene nada que ver con la arrogancia de los sabios
oficiales de las academias y universidades. Con frecuencia está muy
lejos de los saberes de los eruditos y estudiosos, incluso de aquéllos
que se dedican al estudio buscando sinceramente la verdad. La sabiduría
verdadera la regala Dios, gratuitamente, a quien Él quiere. Esta
sabiduría nos hace distinguir claramente lo que es valioso de lo que es
vanidad; a discernir los bienes auténticos de los bienes falsos y
falaces.
Lo importante es escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica.
Lo demás se nos dará por añadidura.
María fue la primera depositaria de esta sabiduría, que la hizo ponerse
en todo a disposición de Dios, que la había elegido, con prontitud y
alegría. Por eso la llamamos Sede Sapienciae, trono de sabiduría. Ella
ha de ser nuestra maestra, la que quite de nuestros ojos las telas que
no nos dejan ver la realidad, cegados por el brillo de las cosas vanas
de este mundo, que sólo encierran amargura y decepción; la que nos
muestre la verdad resplandeciente de su Hijo que nos salva y nos da la
vida eterna.
Esta sabiduría proporciona el conocimiento de la verdad, y este
conocimiento de la verdad es lo que lleva a la Virgen María a proclamar
le grandeza del Señor por las obras que hizo en ella. Todo procede de
Dios: por Él es la más bendita entre todas las mujeres. El que derriba a
los potentados de los tronos y enaltece a los humildes la ha hecho llena
de gracia. Sólo a Dios se deben dar las gracias.
Dios quiso que su madre fuera nuestra madre, quiso hacernos sus hermanos
y hacernos sentir la dignidad de ser hijos de Dios. Desde este momento
hemos de tomarla como madre nuestra, para quererla y sentir su cálida
ternura, para venerarla y seguir sus huellas perfumadas.
Los antiguos cristianos entendieron perfectamente la misión que Cristo
había reservado a su Madre en la Iglesia y, por eso, desde épocas
tempranas se encomendaron a ella. Los cristianos de Éfeso festejaron la
proclamación de la maternidad divina de la Virgen María entonando lo que
para nosotros es hoy la segunda parte del Ave María: “Santa María, madre
de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra
muerte”. Del mismo modo, las comunidades cristianas invocaban la
protección de Nuestra Señora con el canto del Sub tuum praesidium: “Bajo
tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios.
No desoigas la oración de tus hijos necesitados. Líbranos de todo
peligro, oh siempre virgen, gloriosa y bendita”.