Homilías del Sr. Abad
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Plegaria para el Viernes Santo
Querido Jesucristo:
En esta tarde del Viernes santo me acerco a tu Cruz salvadora con respeto, con fervor y con amor. Después de escuchar el relato de tu Pasión contada por el Apóstol Juan, el más joven de los Doce, abro mi corazón al misterio de tu Pasión y Muerte. Nunca comprenderemos el amor de Dios manifestado en ti, querido Jesucristo. ¡Cuanta entrega, cuanta generosidad, cuanto sufrimiento por el hombre, por mi, Señor! Habiendo amado a los tuyos que estaban en el mundo, los amaste hasta el extremo. Esa es la realidad de la Pasión.
Me arrodillo ante tu Cruz en señal de adoración. Adoración y gratitud. ¡Te debo tanto! El amor de Dios ha sido un derroche para con nosotros. Todo es gracia. Y esta tarde tan especial del Viernes santo, necesito decírtelo, querido Jesucristo, ¿cómo te pagaré todo el bien que me has hecho?. La respuesta la tengo muy clara: llevando una vida según tu voluntad, siendo más cristiano, mejor cristiano, llegar a tener los mismos sentimiento que tú, Cristo Jesús.
He visto a Judas, a Pedro, a Santiago y a Juan. No han podido velar contigo en Getsemaní ni una hora. ¡Cuánta debilidad, cuánta miseria humana! Judas con un beso te entrega, Pedro te negará tres veces. Juan estará firme al píe de la cruz; es fiel, te quiere de verdad, no te falla, y es que el amor lo puede todo. He meditado en la figura del Cirineo. A regañadientes te ayuda, casi hasta con protestas. Pero te ayuda. Va contigo. Ve como caes bajo el peso de la Cruz. Mira, te mira, te ayuda a levantarte, tu mano ensangrentada toca la suya y siente una extraordinaria fuerza en su interior que le hace temblar y te abraza; contigo llega hasta el Calvario. ¡Qué fuerza tiene tu mirada, Señor: cuanta ternura! Junto a la Cruz está tu Madre. ¡ Virgen de los Dolores! No hay más que veros para saber que sois Madre e hijo. Ella llora, sufre, comparte; no grita, se agarra a la Cruz y contempla tu sufrimiento, tu entrega, tu amor. La Madre es ya lo único que te queda y también nos la das como Madre. En la persona de tu amigo Juan nos la entregas: ¡Ahí tienes a tu Madre, ahí tienes a tu hijo!: Madre de todos los hombres.
Deseo identificarme con estos personajes de tu Pasión. No sé muy bien con cual. Puede ser que en mi vida y comportamiento haya algo de todos. Pero si pudiera elegir, quisiera ser como el Cirineo que ayuda y comparte contigo. Como Juan para que jamás me separe de ti. Como María para amarte con un amor semejante al suyo. Sé que estoy muy lejos de todo eso pero esta tarde el propósito es firme: llegar a ser como tú, Señor.
“A tus manos encomiendo mi espíritu”. Con estas palabras entregaste tu vida al Padre. El cielo se oscureció, la tierra tembló y Dios lloró dejando caer sus lágrimas desde el cielo hasta al pie de tu Cruz. Bebiste hasta la última gota el Cáliz de la Pasión.
Querido Jesucristo: ante tu muerte redentora inclino mi cabeza y rezo. Esta tarde no debo pedirte nada, no es momento de pedir, sino de dar: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Te adoramos Cristo y te bendecimos, pues, por tu santa Cruz redimiste al mundo.
Tu Cruz adoramos, Señor y tu santa Pasión veneramos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero.
¡Oh Cruz fiel!, árbol único en nobleza, jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto.
Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Venid a adorarlo!
Al besar tu Cruz recibe mi amor, mi arrepentimiento, mis ganas de ser mejor. Hoy no te pido nada, quiero dar, quiero darme a ti.
Gracias, querido Jesucristo, por tu Pasión, por tu Muerte.
Arturo Climent Bonafé
Xàtiva Viernes santo, 9 de abril de 2004
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La tumba de Jesús fue cerrada y sellada. Fue esa la petición de los sumos sacerdotes; y los fariseos pusieron soldados para que nadie pudiera robar el cuerpo de Jesús. Este es el acontecimiento del que parte la liturgia de la Vigilia Pascual.
El Santo Sepulcro de Cristo era vigilado por aquellos que querían enterrar también su Evangelio y su memoria para siempre, los contrarios de Jesús.
Velaban también, no muy lejos de allí, María y con ella, los Apóstoles. Retenían en la mente y en el corazón los acontecimientos del Viernes Santo. No olvidaban el drama de la Pasión y Muerte de Cristo.
Velamos también nosotros, queridos hermanos y hermanas, ante el Sepulcro del Señor. Cristo ha cumplido su palabra.
En esta Noche santa asistimos al hecho más importante de la historia de la Humanidad: Cristo ¡ha resucitado!. No está en el sepulcro. Ha vencido la muerte. ¡Vive para siempre!
Esa es la gran noticia que la Iglesia en esta Noche santa pregona por el mundo entero. ¡Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado!.
En esta Noche Santa, la Iglesia se centra en los textos que hemos escuchado, desde el Génesis hasta el Evangelio. Es la Historia de la Salvación operada por Dios. Toda la Creación está llamada a velar: Abraham, Moisés, los profetas, los Apóstoles, los Mártires, los Confesores de la fe. En esta Noche se cumple el proyecto de Dios desde la Creación del mundo.
La Vigilia Pascual, Madre de todas las vigilias, nos introduce en un mundo nuevo traído por la resurrección del Señor Jesús. Nuestra fe se lo juega todo a esta carta. San Pablo llegará a decir. Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, no tiene sentido, estamos todavía en el pecado. Pero Cristo ha resucitado y con él comienza una nueva etapa en la historia de la Humanidad.
También para cada uno de nosotros, la Pascua de Cristo inaugura una historia nueva, el Espíritu que resucitó a Jesús, nos empuja a cada uno de nosotros a seguirlo y a hacer de nuestra vida un himno al Creador. Renunciando a la vida caduca, la vida del pecado y resucitando al hombre nuevo, a la talla de Cristo, el hombre transformado a imagen de Cristo resucitado. Esa debe ser nuestra Pascua.
No está aquí: ¡Ha resucitado!
Es esa la Buena Noticia de esta Noche. Y somos nosotros los encargados de difundirla por todo el mundo. Debemos ser portadores de la Pascua, portadores de la inmensa alegría que sentimos esta Noche y esparcirla hasta que llegue a todos los corazones.
Jóvenes cristianos, vosotros desde vuestro mundo debéis ser los apóstoles entre los demás jóvenes. Manifestad con vuestra ilusión, con vuestra coherencia de vida, con la fe que profesáis y el compromiso cristiano que adquirís, el verdadero rostro de Dios. Mostrad a todos que Cristo vale la pena. No tengáis reparos, ni miedo, ni complejo, decid a todos: Cristo me va, Cristo es mi vida, Cristo da sentido a todo lo mío, Cristo es mi amigo fuerte, Cristo es mi Señor. Pregonad la Pascua de Jesús, nuestra Pascua, la Pascua cristiana. Sed su cauce, inundadlo todo.
La renovación de las promesas bautismales que vamos a realizar nos colme de fuerza y nuevo ardor para esta hermosa misión: anunciar al mundo que Cristo ha resucitado.
Hermanos y hermanas: hoy es un día feliz. El día de la verdad de nuestra fe. Creemos en un Dios vivo, en un Dios que nos quiere y está con nosotros.
Si Cristo no hubiera resucitado no estaríamos esta noche aquí.
Arturo Climent
Xàtiva, Pascua 2004
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