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La Iglesia era abiertamente
atacada, perseguida, calumniada por los cuatro costados.
Se pregunta don Antonio Montero, arzobispo de Mérida-Badajoz, gran
historiador de la Persecución Religiosa de 1936: ¿Qué excusas se
presentaban a la humanidad y a la historia por semejante atrocidad?
Verosímiles unas veces y descabelladas otras. Se iba haciendo del
sacerdote y de la monja el símbolo de las más sucias iniquidades, basta
volver sobre las páginas de la prensa anticlerical de entonces y sobre
todo a partir del 18 de julio de 1936. La prensa roja cargo muy bien las
tintas y junto a los socialistas atacó al corazón mismo de la Iglesia
con la clara intención de acabar con ella desde la raíz.
Los cabecillas rojos decían que la Iglesia no estaba con ellos. ¿Cómo
iba a estarlo? No podía. Pero no por enemistad antecedente para con el
pueblo sencillo, sino por oposición consiguiente a los atropellos de sus
inspiradores.
El mismo Pío XI vuelve, esta vez en una audiencia pública y ante un
grupo de españoles, el 14 de septiembre de 1936, a mirar a la noble
nación española sumergida en sangre inocente y martirial. El papa fue
bien explícito: Diríase que una preparación satánica ha vuelto a
encender y más viva en la vecina España aquella llama de odio y de más
feroz persecución abiertamente confesada, como reservada a la Iglesia y
a la religión católica”.
Hay una clara acusación sin piedad hacia la Iglesia, el odio a todo lo
religioso ha desbordado todas las riberas y comienza la persecución
abierta cruel y asesina.
El Papa Pío XI en la encíclica Divini Redemptoris, de 19 de marzo de
1937 condena los hechos que están ocurriendo en España: “No es ya ésta o
aquella iglesia, ya tal o cual convento, lo que se ha destruido, sino
que han sido, en cuanto ello ha sido posible, todas las iglesias, todos
los conventos y aun toda huella de la religión cristiana lo que se ha
querido destruir, aunque se tratase de los monumentos más notables del
arte y de la ciencia. El furor comunista no se ha contentado con matar
obispos y millares de sacerdotes, religiosos y religiosas, cebándose
juntamente con mayor empeño en aquéllos que, con más celo, se ocupan de
los obreros y de los pobres, sino que ha hecho un mayor número de
víctimas entre los seglares de toda clase, que, aun hoy día, son
asesinados en masa por el solo hecho de ser buenos cristianos o al menos
opuestos al ateísmo comunista. Y esta espantosa destrucción se perpetúa
con un odio, con una barbarie, con un salvajismo increíble en nuestros
días”. |