Ricardo Plá Espí,
sacerdote mártir 1936

UNA VIDA EJEMPLAR

 

Arturo Climent Bonafé

Abad de Xàtiva

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Encíclica Divini Redemptoris

 

    La Iglesia era abiertamente atacada, perseguida, calumniada por los cuatro costados.

Se pregunta don Antonio Montero, arzobispo de Mérida-Badajoz, gran historiador de la Persecución Religiosa de 1936: ¿Qué excusas se presentaban a la humanidad y a la historia por semejante atrocidad? Verosímiles unas veces y descabelladas otras. Se iba haciendo del sacerdote y de la monja el símbolo de las más sucias iniquidades, basta volver sobre las páginas de la prensa anticlerical de entonces y sobre todo a partir del 18 de julio de 1936. La prensa roja cargo muy bien las tintas y junto a los socialistas atacó al corazón mismo de la Iglesia con la clara intención de acabar con ella desde la raíz.

Los cabecillas rojos decían que la Iglesia no estaba con ellos. ¿Cómo iba a estarlo? No podía. Pero no por enemistad antecedente para con el pueblo sencillo, sino por oposición consiguiente a los atropellos de sus inspiradores.

El mismo Pío XI vuelve, esta vez en una audiencia pública y ante un grupo de españoles, el 14 de septiembre de 1936, a mirar a la noble nación española sumergida en sangre inocente y martirial. El papa fue bien explícito: Diríase que una preparación satánica ha vuelto a encender y más viva en la vecina España aquella llama de odio y de más feroz persecución abiertamente confesada, como reservada a la Iglesia y a la religión católica”.

Hay una clara acusación sin piedad hacia la Iglesia, el odio a todo lo religioso ha desbordado todas las riberas y comienza la persecución abierta cruel y asesina.

El Papa Pío XI en la encíclica Divini Redemptoris, de 19 de marzo de 1937 condena los hechos que están ocurriendo en España: “No es ya ésta o aquella iglesia, ya tal o cual convento, lo que se ha destruido, sino que han sido, en cuanto ello ha sido posible, todas las iglesias, todos los conventos y aun toda huella de la religión cristiana lo que se ha querido destruir, aunque se tratase de los monumentos más notables del arte y de la ciencia. El furor comunista no se ha contentado con matar obispos y millares de sacerdotes, religiosos y religiosas, cebándose juntamente con mayor empeño en aquéllos que, con más celo, se ocupan de los obreros y de los pobres, sino que ha hecho un mayor número de víctimas entre los seglares de toda clase, que, aun hoy día, son asesinados en masa por el solo hecho de ser buenos cristianos o al menos opuestos al ateísmo comunista. Y esta espantosa destrucción se perpetúa con un odio, con una barbarie, con un salvajismo increíble en nuestros días”.

 

 

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