Ricardo
Plá Espí,
sacerdote mártir 1936
UNA VIDA EJEMPLAR
Arturo Climent Bonafé
Abad de Xàtiva
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ESTUDIOS EN ROMA
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Un día, durante las mismas vacaciones, vino a Agullent el Rector del Colegio de Santo Tomás para visitar al Obispo Reig, pide a Ricardo que le acompañe a la ermita para hablar con el Obispo de Barcelona. Allí, delante del señor Obispo, el Rector insiste a Ricardo para que se quede en Valencia. El se niega de nuevo. El Obispo calla, quiere que decida Ricardo y éste lo tiene claro, nadie le va a hacer cambiar. Se terminan las vacaciones de verano. Ricardo ha sabido aprovecharlas al máximo. Tres años sin estar en Agullent le han servido para valorar lo que tiene en casa y en estos meses se ha llenado de todo lo bueno y hermoso de sus padres, de don Enrique, su amigo Obispo y también de todos sus familiares y amigos de Agullent. Vuelve a Roma, esta vez para dos años. En Barcelona va a despedirse de don Enrique. Este le da un fuerte abrazo y le dice: “¡Valiente! Yo nada te quise decir en Agullent cuando vino el señor Rector del Colegio de Santo Tomás, no quería condicionarte. Tú has sido muy valiente. ¡Así me gustan los hombres!” Continúa la teología en la Universidad Gregoriana y su residencia en el Colegio Español. Se entregará con ilusión al estudio de la ciencia de Dios. Saborea los tratados de Jesucristo, los sacramentos, la fe, la Iglesia, la Sagrada Escritura. Ricardo va adquiriendo una sólida formación teológica que tanto bien hará a muchos cuando sea sacerdote. Y sobre todo, el joven seminarista, sabe abrir su alma a Dios en la oración y en la lucha para adelantar en la virtud. Jesucristo llena la vida de Ricardo; la lectura del Evangelio y de los Santos Padres deleita el interior del joven. El Espíritu del Señor llega siempre a quien lo busca con un corazón limpio y entonces la oración quema, porque exige contemplar a Dios y hacerse niño en su presencia, y eso precisamente es lo que hace cada día Ricardo: reza y contempla, crece y estira fuerte su alma. De ahí saca a borbotones un espíritu fuerte, profundo y manifiesto que le llevará a vivir las cosas más extraordinarias con toda la naturalidad del mundo, porque una de las virtudes más acentuadas de Ricardo es la sencillez, nunca mostró orgullo, ni vanidad, siempre ganaba la humildad y la mansedumbre. Esa fue la característica principal de Ricardo Plá. En el encuentro con Dios, más allá de la sensibilidad, más allá de la fantasía, más allá de la naturaleza, está la fe seria y profunda, viva y comprometida y eso, Ricardo lo sabe. No puede construir la fe en arena sino sobre roca fuerte y dura; lo va a necesitar, ya que la vida del creyente es una peregrinación tras el rostro de Dios, es una búsqueda sincera de Jesucristo. Ricardo se fabricó una vida pura y cristalina, ese tipo de vida es siempre poesía y gracia; es siempre alegría y entusiasmo; es siempre hechizo conquistador de almas. ¡Con cuánta seriedad lo vivió! y después, siendo sacerdote, ¡cuánto fruto!
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