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Durante diez años fui cura de Agullent, tiempo más que suficiente
para percatarme del cariño y admiración que todo el pueblo sentía
hacia don Ricardo Plá Espí, muerto en Toledo en l936 y enterrado en el
templo parroquial.
Aquello me caló hondamente en el alma y me llenó de curiosidad,
que muy pronto se convirtió en amor, respeto y envidia hacia don
Ricardo. Descubrí a un tipo extraordinario, a un cura de cuerpo entero,
lleno de cualidades, sabiduría, bondad. Un sacerdote lleno de
Jesucristo, a tope del amor de Dios. Estaba delante de un cura santo, sí,
santo de pies a cabeza, enamorado de su ministerio, entregado e
infatigable, con un amor fuera de lo común hacia todo lo noble, limpio,
religioso. Su corazón era de Dios y para El vivía.
La personalidad sacerdotal de don Ricardo me sedujo. Pero no
queda todo ahí, don Ricardo muere dando la vida por Cristo y eso no es
cualquier cosa. Este hecho del martirio es admirable. A sus 36 años fue
capaz de derramar su sangre, entregar su vida por la fe que predicaba.
Oyendo a su hermana Consuelo contar el martirio, me parecía oír los
relatos de los primeros mártires de la Iglesia.
Después de entrar en el interior de don Ricardo a través de sus
escritos, del sentir de todo un pueblo y del libro abierto y completísimo
que fue su hermana Consuelo, con quien compartí muchas horas durante
casi diez años, hasta el día de su muerte, estoy convencido de que
grandes virtudes cristianas adornaban a este hombre de Dios; entre
otras, una fe seria y profunda, un corazón limpio y puro, toda una vida
repleta de candor y mansedumbre y, sobre todo, una fortaleza fuera de lo
normal, como quedó de manifiesto en el momento de su martirio por
Cristo. Elocuente es este precioso diálogo con su madre: - ¿Madre
usted no me ha criado para el cielo ?. - Sí, siempre te he dado a Dios
con alegría, pero lo de ahora es muy duro. -Entonces, madre, este es el
momento ”.
Ante el gesto del martirio de Ricardo Plá Espí hay que inclinar
la cabeza con respeto y admiración. Dar la vida a los 36 años, es algo
muy serio. Ricardo ni se escondió ni huyó, dio la vida como lo expresa
en el momento en el que van a por él: “ EL SACERDOTE SOY YO ”. Es
la ofrenda a Cristo pues Ricardo caminó al martirio en medio de
insultos, bofetadas, zancadillas y blasfemias, mientras él rezaba y pedía
perdón al Señor para sus verdugos, a quien él ya había perdonado de
corazón; ponía en practica lo que tantas veces había predicado, “
el martirio es un regalo de Dios, es un don poder morir mártir, el Señor
lo concede a unos pocos”. El fue uno de ellos.
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