Ricardo Plá Espí,
sacerdote mártir 1936

UNA VIDA EJEMPLAR

 

Arturo Climent Bonafé

Abad de Xàtiva

3

JUVENTUD

 

             Al final de aquella conversación con el niño don Enrique Reig le decía: - “Mira, Ricardet, yo soy como el cura de Agullent”. De esa forma el niño ya sabía a qué atenerse. Ricardo ya quería a aquel hombre alto y robusto de la ermita. También ahora empieza otra hermosa aventura para los dos, marcará sus vidas y los dos lo recordarán hasta la muerte.

            Encontrar en la vida un maestro dispuesto a vivir la amistad con un niño o un joven es la gracia suprema. Maestro es el que tiene un sentido de la vida; una forma de pensar y estilo de vida propios; unos valores que transmiten no sólo las palabras, sino toda la línea de su conducta.

            ¡Dichoso quien en su vida encuentra un buen maestro, uno de esos hombres que quiera caminar con él, no importa la edad!

         Don Enrique Reig y Casanova fue un verdadero padre y maestro de la vida para Ricardo Plá Espí, como veremos a través de esta biografía.

            Toda la carga de humanidad que tenían los padres de Ricardo fue el caldo de cultivo que alimentó el caracter, talante y religiosidad del muchacho. La unión que reinaba en aquella casa frente a la iglesia, llamaba la atención a todo el pueblo y decían: - “¡Esa familia da envidia, hay que ver cómo se quieren y lo unidos que están!”

      José estaba chiflado con el niño, se lo subía a las rodillas, jugaba con él y aprovechaba para hablarle y aconsejarle, le trataba como a un hombrecillo, reían, jugaban y rezaban, salían juntos a la huerta, le enseñaba el campo, le explicaba los árboles, las plantas, el cultivo. José era muy buen padre y lo mostraba educando a sus hijos Consuelo y Ricardo. Ambos les deben muchísimo. Todos los días, al atardecer rezaban el rosario en familia, y entonces, poco a poco iba calando la devoción y el amor a la Virgen María, con el título de Purísima, ante la cual Ricardo rezaba en la Capilla de Agullent todos los días. También recitaban el ángelus y al toque de las campanas de la Parroquia, rezaban a las almas, como se hacía en los pueblos antes de irse a descansar. La oración formaba parte del quehacer de esta familia cristiana. Rezaban y enseñaban a rezar a sus hijos. ¡Precioso ejemplo!, el mejor sermón es el ejemplo, el testimonio. Consuelo y Ricardo lo viven en el seno del hogar. ¡Dichosos son!

            El señor cura cada semana enviaba a la ermita a un monaguillo para ayudar a misa a don Enrique y el turno comenzó por Ricardo. A don Enrique le hizo tanta gracia que pidió al Párroco subiera el pequeño todos los días. Este no tenía miedo, pero era muy tímido y entonces el padre le acompañaba hasta una pequeña ermita, llamada en Agullent “Ermiteta velleta”, desde ahí el niño ya subía sólo hasta la Ermita de San Vicente.

           

 

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