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Al proclamarse la república
don Ricardo Plá no frenó su actividad, es más, aumentó su trabajo
apostólico, nunca tuvo miedo ni por lo tanto lo manifestó; tenía bien
claro cual era su misión como sacerdote y en cuerpo y alma se dedicó a
ella.
Fue a predicar a Villafranca de los Caballeros, allí ya se le conocía
pues no era la primera vez que predicaba en la Parroquia, incluso se le
quedó una misión popular ya preparada para octubre de 1936, a la que
tenían que ir, él y don Juan Carrillo, que no se pudo realizar.
La Parroquia, como muchas de nuestros pueblos, estaba enmarcada por la
plaza Mayor, pero también en la misma plaza se encontraba situado el
centro del Comité del Partido Comunista. Ya el señor cura le había
advertido del asunto y que no pasara por allí, pues temía que le
insultaran o le hicieran alguna mala pasada. A lo que Ricardo contestó:
“No sufra, señor cura, cuando paso por allí, les saludo y ellos me
contestan”.
Como buen misionero, cuando subía al púlpito, le gustaba mucho mirar,
pasear su mirada por todo el templo, quería saber a quién tenía delante.
Se percató que al final de la iglesia la puerta estaba entreabierta y
por allí se asomaban algunos del Comité, parece ser que deseaban
escuchar el sermón. Y Ricardo predicó. Al segundo día les vio sentados
en el último banco y estuvieron todo el sermón sin moverse. Y al tercer
día, al pasar de nuevo por la plaza, el presidente del Comité quiso
acompañarlo hasta la casa abadía y le pidió hablar con él después de la
celebración, la que, por supuesto, no se perdió.
¿Qué ocurrió con tan sólo unos días? Los caminos del Señor son
inescrutables, su gracia no para de actuar y se filtra por todos los
poros. Éste es el resultado de los días de predicación: “Deseo recibir
el sacramento de la Confirmación, y le pido que sea usted quien me
prepare; no se puede imaginar el bien que me han hecho sus sermones”.
Aquello agradó tanto a Ricardo que dio gracias a Dios por esos días de
predicación en Villafranca de los Caballeros. No se pierde nada, lo
importante es sembrar y sembrar a capazo lleno, a boleo, sin cansarse,
sin desmayo, convencido. Don Ricardo era así, buen sembrador y su
semilla daba fruto abundante. |