Ricardo Plá Espí,
sacerdote mártir 1936

UNA VIDA EJEMPLAR

 

Arturo Climent Bonafé

Abad de Xàtiva

24

Virgen del Rosario

 

    Es en el sermón a la Virgen del Rosario pronunciado en Toledo el 5 de octubre de 1934, donde con claridad y sin temor alguno, don Ricardo, aborda el problema que está pudriendo España, sembrando la discordia, descristianizando la sociedad y con la maestría que le caracteriza, analiza la situación y ofrece soluciones que tienen fuerza para depurar el mal ya existente en España y que la va a llevar a la ruina y a la Iglesia a sufrir una de las persecuciones más crueles de su historia. He aquí algunos de sus párrafos.

“La actual sociedad atraviesa una crisis religiosa y moral que no tuvo semejante en los siglos anteriores, no hay nadie con sana razón que lo ponga en tela de juicio, ni discuta en lo más mínimo.

Bien es cierto que no vivimos los horrores del cisma, ni los sobresaltos de la herejía frente a frente. La unidad de la Iglesia resplandece en admirable concordia y cesaron los tiempos agitados de las discusiones teológicas.

Más no es menos cierto que hoy día la incredulidad y el ateismo, más que despojar alguna que otra rama del árbol frondoso de la fe y de la cristiana piedad amenaza con arrancar las mismas raíces, fi ja su intento en desterrar por completo a Dios de la humanidad y relegar al capítulo de viejas utopías la idea de lo sobrenatural.

Ese es su fin codiciado y para llegar al mismo usa toda clase de armas y pone en juego toda suerte de medios: la palabra, prensa, tribuna, cátedra, taller, teatro, cine, modas, publicaciones y todos y cuantos progresos de la ciencia y las artes, no pocas veces inofensivas algunas de ellas, al parecer tal que vienen a ser admitidas sin escrúpulos por almas que se tienen por buenas y de sanas costumbres.

Y es que el ateísmo se ha ido infiltrando de tal suerte en el ambiente de la sociedad en que vivimos que nosotros mismos lo estamos respirando, apenas sin darnos cuenta, con tan fuertes efectos que a consecuencia de la intoxicación, provocada por ese foco pestilente que ataca al Cristianismo en sus mismas entrañas, como si dijéramos, incluso nosotros los creyentes, que acudimos todos los días al templo a orar y a recibir los Sacramentos, los que besamos con transporte de fervorosa piedad las llagas del Crucificado, sentimos más de una vez sacudidas y fatales y peligrosas en nuestras creencias.

Por eso no es extraño encontrarse con muchos espíritus que se han formado una religión toda especial, hecha para su propia medida y conveniencia del todo individual y personalísima.

Frente a la incredulidad que profana y prostituye la fe en Dios con blasfemias vulgares o científicas, proclamamos que debe ser santificado y honrado su santo nombre.

Frente a los secuaces más enardecidos del ateísmo, que han gritado más de una vez con voz convulsa, de faz al cielo: ‘No queremos que Dios reine sobre nosotros y pedimos que se aleje y se arroje de la sociedad, pues ésta es la única dueña de sus destinos y el hombre no necesita de ninguna divina referencia, pues que se basta a sí mismo’. Nosotros reconocemos de una manera clara y terminante los derechos de Dios anteriores y superiores a los del hombre, que debe estar sometido a los mandatos y quereres divinos en la tierra, a la manera que los ángeles en el cielo.” ¡Qué gran verdad en las palabras de don Ricardo! Son aplicables, incluso hoy día para la sociedad española que respira un ambiente antirreligioso, un trasnochado anticlericalismo –nada europeo– estas son pronunciadas en octubre de 1934, aplicables perfectamente a la España de hoy en 2005.

 

 

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