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Es en el sermón a la Virgen
del Rosario pronunciado en Toledo el 5 de octubre de 1934, donde con
claridad y sin temor alguno, don Ricardo, aborda el problema que está
pudriendo España, sembrando la discordia, descristianizando la sociedad
y con la maestría que le caracteriza, analiza la situación y ofrece
soluciones que tienen fuerza para depurar el mal ya existente en España
y que la va a llevar a la ruina y a la Iglesia a sufrir una de las
persecuciones más crueles de su historia. He aquí algunos de sus
párrafos.
“La actual sociedad atraviesa una crisis religiosa y moral que no tuvo
semejante en los siglos anteriores, no hay nadie con sana razón que lo
ponga en tela de juicio, ni discuta en lo más mínimo.
Bien es cierto que no vivimos los horrores del cisma, ni los sobresaltos
de la herejía frente a frente. La unidad de la Iglesia resplandece en
admirable concordia y cesaron los tiempos agitados de las discusiones
teológicas.
Más no es menos cierto que hoy día la incredulidad y el ateismo, más que
despojar alguna que otra rama del árbol frondoso de la fe y de la
cristiana piedad amenaza con arrancar las mismas raíces, fi ja su
intento en desterrar por completo a Dios de la humanidad y relegar al
capítulo de viejas utopías la idea de lo sobrenatural.
Ese es su fin codiciado y para llegar al mismo usa toda clase de armas y
pone en juego toda suerte de medios: la palabra, prensa, tribuna,
cátedra, taller, teatro, cine, modas, publicaciones y todos y cuantos
progresos de la ciencia y las artes, no pocas veces inofensivas algunas
de ellas, al parecer tal que vienen a ser admitidas sin escrúpulos por
almas que se tienen por buenas y de sanas costumbres.
Y es que el ateísmo se ha ido infiltrando de tal suerte en el ambiente
de la sociedad en que vivimos que nosotros mismos lo estamos respirando,
apenas sin darnos cuenta, con tan fuertes efectos que a consecuencia de
la intoxicación, provocada por ese foco pestilente que ataca al
Cristianismo en sus mismas entrañas, como si dijéramos, incluso nosotros
los creyentes, que acudimos todos los días al templo a orar y a recibir
los Sacramentos, los que besamos con transporte de fervorosa piedad las
llagas del Crucificado, sentimos más de una vez sacudidas y fatales y
peligrosas en nuestras creencias.
Por eso no es extraño encontrarse con muchos espíritus que se han
formado una religión toda especial, hecha para su propia medida y
conveniencia del todo individual y personalísima.
Frente a la incredulidad que profana y prostituye la fe en Dios con
blasfemias vulgares o científicas, proclamamos que debe ser santificado
y honrado su santo nombre.
Frente a los secuaces más enardecidos del ateísmo, que han gritado más
de una vez con voz convulsa, de faz al cielo: ‘No queremos que Dios
reine sobre nosotros y pedimos que se aleje y se arroje de la sociedad,
pues ésta es la única dueña de sus destinos y el hombre no necesita de
ninguna divina referencia, pues que se basta a sí mismo’. Nosotros
reconocemos de una manera clara y terminante los derechos de Dios
anteriores y superiores a los del hombre, que debe estar sometido a los
mandatos y quereres divinos en la tierra, a la manera que los ángeles en
el cielo.” ¡Qué gran verdad en las palabras de don Ricardo! Son
aplicables, incluso hoy día para la sociedad española que respira un
ambiente antirreligioso, un trasnochado anticlericalismo –nada europeo–
estas son pronunciadas en octubre de 1934, aplicables perfectamente a la
España de hoy en 2005. |