Meditaciones

La parábola del Hijo Pródigo es la perla del Evangelio de san Lucas. Aquí el Señor nos cuenta el drama del hombre y la gran misericordia de Dios que siempre acoge, abraza, perdona. El ejemplo nos lo da  la figura del padre de la parábola.

Merece que leamos y meditemos el texto de san Lucas, aunque sepamos de memoria la historia, al ser Palabra de Dios, siempre nos proporciona luz, gracia y sobre todo refuerza la vida espiritual. Aquí no hay desperdicio de ninguna clase.

Después de leer y meditar la parábola debemos hacernos estas preguntas: nosotros, ¿de qué parte estamos?, ¿de parte del padre o del hijo mayor?, ¿cómo nos hubiéramos comportado nosotros?

Vivimos una época en la que la figura y el trabajo del sacerdote no se valora en general. Se nos critica brutalmente, se nos ridiculiza, se nos insulta de forma agresiva y hasta se nos persigue.

En este día del Seminario, y lo digo muchas veces en mis homilías, afirmo en voz alta la necesidad del sacerdote en la vida social de hoy. El sacerdote hace presente a Dios en medio del mundo, enseña y educa en la fe a los niños y a los jóvenes, prepara a muchas parejas de novios a recibir el sacramento del matrimonio, acompaña a muchísimas familias  con problemas que acuden a él como tabla de salvación, se acerca a la cabecera de los enfermos y con su palabra y la gracia de los sacramentos alivia el dolor y en el último momento pide a Dios abra las puertas del cielo a los difuntos; además está presente en las cárceles, en los hospitales, con los enfermos de SIDA, con los drogadictos. Y está al pie del cañón en la Parroquia, en esa fuente de la aldea donde todos acuden a beber. El sacerdote es un don de Dios para el mundo, también hoy.

“Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre” (Mt 13,43)

    La hora de la Pasión se acercaba... Ahora bien, era necesario que en esta hora los discípulos no vacilaran en su espíritu; era preciso que los que un poco antes, por la palabra de Pedro habían confesado que él era el Hijo de Dios (Mt 16,16) pudieran creer, viéndole clavado en la cruz como a un culpable, que era un simple hombre. Por eso él les ha consolidado a través de esta admirable visión.

    Así, cuando le verán traicionado, agonizando, orando para que pase de él el cáliz de la muerte y llevado al patio del sumo sacerdote, se acordarán de la subida al Tabor y comprenderan que es él mismo quien se ha entregado a la muerte... Cuando verán los golpes y salivazos en su rostro, no se escandalizarán, sino que se acordarán de su resplandor más brillante que el sol. Cuando lo verán, burlado, vestido de manto de púrpura, se acordarán que a este mismo Jesús lo habían visto en el monte vestido de luz. Cuando le verán sobre el instrumento de suplicio, entre dos malhechores, sabrán que se manifestó entre Moisés y Elías como a su Señor. Cuando lo verán sepultado en tierra como a un muerto, pensarán en la nube luminosa que le recubrió.

    Aquí tenéis un motivo de la Transfiguración. Y es posible que haya otro: el Señor exhortaba a sus discípulos a no querer ahorrar su propia vida; les decía: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). Pero parece difícil renunciar a sí mismo, tener la perspectiva de una muerte ignominiosa; por eso el Salvador muestra a sus discípulos de qué gloria van a ser dignos si imitan su Pasión. En efecto, la Transfiguración no es otra cosa que la manifestación adelantada del último día “en que los justos brillarán como el sol en la presencia de Dios” (Mt 13,43)

 getsemaní

Ante el gran acontecimiento ocurrido en el Tabor, Pedro entusiasmado al ver la gloria del Señor, exclama: ¡Señor, qué bien se está aquí! Pedro quiere eternizar lo que tan sólo es un momento para animarles a aceptar el misterio de la Pasión de Cristo.

 

Necesitamos subir al Tabor.

Cuánto daríamos por salir de situaciones difíciles. Buscamos momentos de paz.

Esos momentos hay que sacarlos

¿Qué hacer?

Entrar en la iglesia y hacer un rato de oración.

Contemplar a Cristo clavado en la Cruz

Ponerse delante de la Gruta de Lourdes

Hacer unos Ejercicios Espirituales

Leer un buen libro

Visitar Nazaret o Belén o Jerusalén

Subir al Tabor y estar allí

 

Y cada uno puede elegir según pueda.

Pero es necesario subir al Tabor

 

Y ojala podamos decir como san Pedro:

¡Señor, qué bien se está aquí!

cuaresma 2015