Duc in altum - Rema mar adentro
la Resurrección
El evangelista san Juan nos narra que, después de la resurrección de Jesús de entre los muertos, los discípulos recordaron estas palabras y creyeron (cf. Jn 2, 22). Jesús las pronunció a fin de que fueran un signo para sus discípulos. Cuando fue al templo con sus discípulos, expulsó a los cambistas y a los vendedores del lugar santo (cf. Jn 2, 15). En el momento en que los presentes protestaron, preguntándole: «¿Qué señal nos muestras para obrar así?», Jesús les replicó: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». El evangelista anota que «él hablaba del templo de su cuerpo» (Jn 2, 18-21).
La profecía encerrada en las palabras de Jesús se cumplió en la Pascua, cuando «al tercer día resucitó de entre los muertos». La resurrección de nuestro Señor Jesucristo es el signo de que el Padre eterno es fiel a su promesa y hace nacer nueva vida de la muerte: «la resurrección del cuerpo y la vida eterna». El misterio se refleja claramente en esta antigua iglesia de la Anástasis, que contiene tanto el sepulcro vacío, signo de la Resurrección, como el Gólgota, lugar de la crucifixión. La buena nueva de la Resurrección no puede separarse nunca del misterio de la cruz. San Pablo nos lo dice en la segunda lectura de hoy: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Co 1, 23). Cristo, que se ofreció a sí mismo como sacrificio vespertino en el altar de la cruz (cf. Sal 141, 2), se revela ahora como «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1, 24). Y en su resurrección, los hijos y las hijas de Adán han sido hechos partícipes de su vida divina, que tenía desde toda la eternidad, con el Padre, en el Espíritu Santo.
