En verdad os dijo todo aquello que pidiereis en mi nombre a mi Padre, El os lo concederá
Memória histórica
Carta a los efesios
Les exhorta a permanecer en armonía con su obispo y con todo su clero, a que se reúnan con frecuencia para rezar públicamente, a ser mansos y humildes, a sufrir las injurias sin murmurar. Los alaba por su celo contra la herejía y les recuerda que sus obras más ordinarias serían espiritualizadas, en la medida que las hicieran por Jesucristo. Los llama compañeros de viaje en su camino a Dios y les dice que llevan a Dios en su pecho.
De la Carta a los cristianos de Esmirna
Nos encontramos en el siglo I con san Ignacio de Antioquía, un santo obispo y mártir, discípulo de san Juan. Escribió varias cartas mientras le llevaban al martirio de las que se conservan siete. Lean este fragmento de una de ellas.
“Doy gracias a Jesucristo Dios, por haberos otorgado tan gran sabiduría; he podido ver, en efecto, cómo os mantenéis estables e inconmovibles en vuestra fe, como si estuvierais clavados en cuerpo y alma a la cruz del Señor Jesucristo, y cómo os mantenéis firmes en la caridad por la sangre de Cristo’ creyendo con fe plena y firme en nuestro Señor, el cual procede verdaderamente de la estirpe de David, según la carne, es Hijo de Dios por la Voluntad y el poder del mismo Dios, nació verdaderamente de la Virgen, fue bautizado por Juan para cumplir así todo lo que Dios quiere; finalmente, su cuerpo fue verdaderamente crucificado bajo el poder de Poncio Pilato y del tetrarca Herodes (y de su divina y bienaventurada pasión somos fruto nosotros), para, mediante su resurrección, elevar su estandarte para siempre en favor de sus santos y fieles, tanto judíos como gentiles, reunidos todos en el único cuerpo de Su Iglesia”.
De la Carta a los cristianos de Esmirna
Memória histórica
Nos encontramos en el siglo ii con san Justino. Es el Padre apologeta griego más importante del siglo ii y una de las personalidades más nobles de la literatura cristiana primitiva.
Nació en Palestina, en Flavia Neápolis, la antigua Siquem, hoy Nablus. De padres paganos y origen romano, pronto inició su itinerario intelectual frecuentando las escuelas estoicas, aristotélicas, pitagórica y platónica. La búsqueda de la verdad y el heroísmo de los mártires cristianos provocaron su conversión al Cristianismo. Desde ese momento permaneciendo siempre laico, puso sus conocimientos filosóficos al servicio de la fe.
Memoria histórica (8)
Seguimos con san Justino, el seglar filósofo, cristiano y mártir del siglo II, nacido en Palestina.
Llegó a Roma durante el reinado de Marco Aurelio (138-161) y allí fundó una escuela, la primera de filosofía cristiana. Según su discípulo Taciano, a causa de las maquinaciones del filósofo cínico Crescente, tuvo que comparecer ante el Prefecto de la Urbe y, por el solo delito de confesar su fe, fue condenado con otros seis compañeros a muerte, probablemente en el año 165.
De sus variados escritos, sólo conservamos dos apologías, escritas en defensa de los cristianos, dirigidas al emperador Antonino Pío; y una obra titulada Diálogo con el judío Trifón, donde defiende la fe cristiana de los ataques del judaísmo. En esta obra relata autobiográficamente su conversión. En las apologías, admira en su exposición el profundo conocimiento de la religión y mitología paganas –que se propone refutar– y de las doctrinas filosóficas más en boga; cómo intenta utilizar cuanto de aprovechable encuentra en el bagaje cultural del paganismo; su valentía para anunciar a Cristo –sabiendo que se jugaba la vida– y su capacidad de ofrecer los argumentos racionales más adecuados a la mentalidad de sus oyentes. Conociendo que la Verdad es sólo una y que reside en plenitud en el Verbo, San Justino sabe descubrir y aprovechar los rastros de verdad que se encuentran en los más grandes filósofos, poetas e historiadores de la antigüedad; llega a afirmar en su segunda apología que cuanto de bueno está dicho en todos ellos nos pertenece a nosotros los cristianos.
Memoria histórica (9)
Encontramos un testimonio de gran belleza y significado del año 150 sobre la celebración de la Eucaristía, escrito por san Justino, seglar nacido en Palestina, en el actual Nablús, filósofo y mártir de Cristo y dirigido al emperador pagano Antonino Pío y a su hijo Marco Aurelio:
«Participan en la celebración de la Eucaristía los bautizados que confesaron la fe y aceptaron la doctrina y además viven como Cristo mandó. Se reúnen los de la ciudad y los del campo, los domingos, el día llamado del sol. Se leen las Escrituras de los Profetas y de los Apóstoles. Después, cuando ha terminado el lector, el que preside toma la palabra para amonestar y exhortar a la imitación de cosas tan insignes. Después nos levantamos todos a la vez y elevamos nuestras preces por la Iglesia y por el mundo. Nos damos el beso de la paz. Son presentadas las ofrendas de pan, vino y agua al presidente y el celebrante dice sobre ellas la oración consecratoria a la que el pueblo responde «Amén» y después los diáconos distribuyen los dones consagrados entre los presentes y se lleva también a los ausentes. Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía. Estas cosas no las tomamos como alimento corriente ni bebida ordinaria, sino que así como el Verbo tuvo verdadera carne, así por la palabra de oración que procede de Cristo, este alimento eucaristizado es la carne y la sangre de aquel Jesús que se encarnó» (Ap. I). El Catecismo de la Iglesia Católica cita también este escrito en su número 1345.
(Del libro He dejado de ir a Misa de A. Climent)
