Técnicas de ejecución, estado y proceso de conservación

 

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CORESAL

 

Otras transformaciones tuvieron lugar a finales del siglo XVII y principios del XVIII. Debido a la normativa eclesiástica de la época se eleva la zona del altar mayor (se desmonta y se vuelve a montar el retablo quedando más elevado) y se inserta un sagrario en la parte central de la predela. Para ello se rebajaron tanto las molduras inferiores como las superiores. Es muy probable que en este momento se redorara el retablo.

 

En el siglo XIX se retira el sagrario y se sustituye por un lienzo (ejecutado en 1735) que representa a Cristo con las heridas que se le infligieron en la Pasión y de las cuales mana sangre. En este momento también se llevaron a cabo una serie de repintes aplicados sobre diversas lagunas que se habían producido tanto en superficies doradas como en superficies pictóricas.


Detalle de macrocraqueladuras
en la tabla de la Virgen Entronizada.
 

En el siglo XX se redecora la parte central del sotabanco con azulejería y se instala una nueva mesa de altar, de acuerdo con las nuevas normas post-conciliares.

 

Por último el retablo se desmonta en el año 1998 con la intención de emprender una intervención de conservación, permaneciendo de este modo hasta el año 2003 en el que se comienzan los trabajos dirigidos a esta finalidad.

 

CRITERIO DE INTERVENCIÓN

 

Las observaciones anteriormente hechas sobre el retablo no tienen sólo un motivo descriptivo o meramente anecdótico, son un preámbulo para poder entender todos esos avatares de los que en un inicio se habló y que forman parte de su vida. La materia de la que está hecho el retablo tiene vida y esto determina su comportamiento frente al paso del tiempo, un comportamiento que le es propio, intrínseco a su naturaleza y otro más ajeno, es decir, debido a aportaciones externas, como el impacto ambiental de distintos agentes, o la naturaleza humana, tan definitiva para que la obra tenga una vida saludable o plagada de inconvenientes.


Detalle de macrocraqueladuras
en la tabla de la Virgen Entronizada.
 

El filósofo e historiador italiano Benedetto Croce decía que "toda historia es historia contemporánea" al describir la labor del historiador, siempre sujeto a los criterios y a la percepción del pasado a través del bagaje y de la comprensión de una realidad que no se ha vivido, pero que se contempla desde la perspectiva del presente con toda su carga cultural.

Esta definición es perfectamente válida para describir la labor del conservador-restaurador, asesorado por historiadores y técnicos, que al abordar las tareas de intervención en una obra de arte está haciendo una interpretación del pasado de esa obra. Siempre se quiere, con la mayor honestidad, recuperar el espíritu de la obra de arte, su esencia. Los datos objetivos con los que cuenta para ello son siempre físicos: la constatación de las distintas intervenciones si las hubiera, los cambios evidentes que se han operado por distintas razones y el diagnóstico de las patologías, tanto del soporte como de los materiales que sobre él se han aplicado. Como personas de nuestro tiempo, actuaremos con las técnicas, las posibilidades y los medios con los que en la actualidad se puede contar, y también con nuestra percepción del objeto.


Reverso de una tabla con los travesaños destruidos
por ataques de xilófagos.
 

Esta intervención habrá que incorporarla también a su historia y humildemente no pretende ser la definitiva, sólo busca actuar con sensibilidad, con corrección y respeto, confiriéndole la fuerza necesaria y recuperando, aunque sea parcialmente, su estabilidad física, su salud y su belleza. Esta es nuestra responsabilidad, cuidar y proteger un patrimonio, un legado que no es nuestro solamente y que debemos hacer perdurar para un futuro que tampoco nos pertenece.

 

DESCRIPCIÓN DEL ESTADO DE CONSERVACIÓN

 

El Retablo Mayor de la Iglesia de San Félix en Játiva, en el momento en el que hubo que abordar el trabajo de conservación del mismo, se encontraba desmontado, embalado y almacenado en una dependencia de la Colegiata de dicha localidad desde el año 1998. El local era una pequeña habitación en la que todos los elementos estaban apoyados y superpuestos unos sobre otros. En aquel momento se pudo detectar la presencia en el techo de una importante filtración en activo. Estas circunstancias contribuyeron a favorecer la aparición de nuevas alteraciones uniéndose a las que ya existían previamente y a aquellas que se produjeron durante el proceso de desmontaje del retablo.


Detalle de limpieza en los dorados de la mazonería.
 

El sistema de embalaje, que en principio se debió considerar adecuado para un periodo limitado y desde luego provisional, demostró ser, al excederse su duración en el tiempo, un enemigo para las piezas allí depositadas.

 

La policromía se encontraba parcialmente protegida con papel japonés adherido por medio de cola animal y en ocasiones con un copolímero acrílico cuyo medio era un disolvente orgánico. Estas medidas se debieron tomar considerando el riesgo de desprendimiento de dicha policromía. Por último las piezas estaban protegidas con cartón y envueltas en plástico sellado con precinto, hecho que dificultaba su transpiración y ventilación.

 

De este modo, lo provisional se convirtió en permanente, como en tantas ocasiones, y durante todos esos años la humedad allí concentrada produjo un efecto invernadero, propiciando la aparición de hongos de pudrición en las zonas más proclives y que encontraron para su desarrollo un hábitat bastante favorable.


Cata de limpieza. Cara de un ángel en la tabla de la Virgen Entronizada.
 

Los materiales protagonistas son la madera de pino -de la que están constituidas las piezas que conforman la mazonería, las tablas y las dos esculturas-. También es protagonista el único lienzo, que se incorporó posteriormente al retablo. Todas estas piezas fueron pasto en menor o mayor escala de estas condiciones ambientales. Los materiales que recubren estos soportes (capas de preparación, aparejos de refuerzo y especialmente las capas pictóricas, ya sean superficies doradas o policromadas), sufrieron también por ello, ya que son especialmente susceptibles a todo aquello que sucede en su soporte, que de una manera casi automática se transmite a la superficie y, que a la postre, es la cara pública y el sentido último de la creación del retablo.

 

Estos focos de humedad, a los que se ha hecho mención, favorecieron nuevos levantamientos de la policromía. Además, las piezas al estar apoyadas unas contra otras, sufrieron aplastamientos de la capa pictórica, impactos, abrasiones y ciertas deformaciones en los soportes.

 

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