El Retablo Mayor de la Iglesia de San Félix:
Espejo de una Época

 

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Lucía González Menéndez

 

El retablo del altar mayor de la ermita de San Félix de Xàtiva mide nueve metros de altura por cinco de ancho, lo que le confiere un aspecto imponente. A ello contribuye, además de su tamaño, la exuberancia de su arquitectura gótica, con doseletes, columnillas y delicadas tracerias doradas, así como la calidez de su cromatismo, con profusión de encarnados, azules, verdes, blancos y, por supuesto, dorados. La impresión del visitante que acude a la hoy ermita de San Félix de Xàtiva y atraviesa su portada románica es sin duda de sorpresa ante esta obra colosal, en la que cuesta fijar la vista a causa de la cantidad de escenas y motivos de inesperada riqueza y suntuosidad.


Vista urbana, detalle de la Flagelación.
 

INTRODUCCIÓN

 

Por ello, la contemplación de las piezas que componen el retablo por separado, descontextualizadas en las salas de un museo, supone una oportunidad única para valoradas en detalle, de una forma individualizada y desde la doble perspectiva que, como toda obra de arte, encierran.

 

Por un lado, las tablas que se exponen aprovechando su reciente restauración son obras de arte en sí mismas, al margen de su significado histórico, y como obra de arte encierran múltiples significados y ofrecen la posibilidad de diferentes lecturas. Cabe visitar la exposición apreciando sus cualidades sensoriales: la acertada combinación cromática, la minuciosidad de los detalles, la riqueza de los arabescos en los brocados, el acierto de las volumetrias, la penetración de los rostros.

 

De hecho, la valoración de la obra de arte como objeto autosuficiente es algo totalmente asumido en la sociedad del siglo XXI, tras décadas de aceptación del arte abstracto. Hoy en día nadie pone en duda la capacidad de una obra de arte para despertar emociones al margen de la excusa narrativa o del contexto histórico social que le es propio. Al visitante actual, acostumbrado a la cultura como espectáculo y a las exposiciones de todo tipo, desde las bienales más vanguardistas hasta las retrospectivas más eruditas, no le supone ninguna dificultad disfrutar de una tabla gótica como un objeto autónomo, en el que el color y la línea se disponen según una gramática propia y autosuficiente.


Grupo de ciudadanos, detalle del Milagro de San Eloy.
 

Pero además, las tablas de san Félix forman parte de un retablo y como conjunto que son nos hablan de un momento de nuestra historia muy determinado, el tránsito del siglo XV al XVI, de la Edad Media al Renacimiento, del mundo de las ciudades al del Estado centralizado. El retablo es testigo afortunado de esas coordenadas históricas, de esa etapa brillante de la vida del reino de Valencia y, más concretamente, de la ciudad de Xàtiva, en aquel entonces la segunda ciudad del reino y enclave fronterizo con el vecino reino de Castilla.

 

Si en la creación del reino de Valencia Jaume I ensaya una nuevo modelo de organización, en el que la ciudad y la burguesía gozan de un importante protagonismo, inusitado hasta entonces, Xàtiva sin duda responde perfectamente a ese nuevo perfil que sentará las bases del conocido como siglo de oro valenciano.


Detalle de la Lamentación ante Cristo muerto.
 

Sin duda en este decidido nacimiento de lo burgués y de la ciudad tiene mucho que ver lo tardío de la reconquista valenciana, ya bien entrado el siglo XIV, cuando el sistema feudal comienza a perder vigor a favor de las incipientes monarquías, que ven en las ciudades y en las clases urbanas sus más decididos apoyos. Este sentimiento favorable a lo urbano no es exclusivo de la capital del reino, sino que se extiende a otras ciudades que van surgiendo en función del avance cristiano. Así, desde el siglo XIII aparece documentada Segorbe y si Valencia es ciudad desde su conquista en 1238, Pedro IV concede esa condición a Xàtiva más de un siglo más tarde, ya en pleno siglo XIV (1347). De la importancia que adquiere la ciudad es muestra significativa el que de ella salgan dos papas, Calixto III y Alejandro VI, miembros de una familia local, los Borja, que se ve encumbrada a las más altas esferas del poder del mundo occidental.

 

Este progresivo protagonismo de la ciudad en el tejido social del siglo XIV y XV tiene consecuencias decisivas desde el punto de vista de las artes. No sólo se potencia la arquitectura civil, sino que además la burguesía se incorpora a las labores de mecenazgo, aumentando significativamente la clientela de los talleres pictóricos. Tanto los burgueses enriquecidos que aspiran a encumbrarse socialmente, como la ciudadanía organizada en comunidades -los gremios y las corporaciones- se convierten en comitentes, contribuyendo a dinamizar la demanda, con todas las consecuencias que ello implica en la oferta.

 

El siglo XV es una época de transición histórica pero además, y en cierta medida a causa de ello, de transición ideológica y artística. Al mundo de la Edad Media, con su teocentrismo y sus imágenes reguladas y codificadas le sucede otra forma de pensar basada en el Humanismo que va a alterar la medida de muchas cosas entre las que sin duda se encuentra el Arte.

 

En la Valencia de finales del siglo XV ya han arraigado las primeras manifestaciones renacentistas, todavía importadas, pero que han dado lugar a una ruptura de la unidad estilística de impronta flamenca que imperaba desde mediados del siglo. Se produce entonces una etapa singular, de convivencia entre ambas posturas, en la que vemos trabajar a una generación de artistas que se debaten entre ambos estilos, entre ambos universos estilísticos: el gótico de ascendencia flamenca y el renacimiento llegado de Italia.

 

Como afirma Salvador Aldana, en toda época de transición existe una corriente tradicional que se resiste a desaparecer y una nueva que pugna por abrirse paso e implantarse y dominar, al fin, el espacio antiguo. La pintura valenciana del Gótico final y primeros años del Renacimiento constituye uno de esos periodos singulares, heterogéneos, enormemente difíciles de desentrañar. (1) Y el retablo mayor de san Félix es un perfecto exponente de esa época de transición, de esa generación de artistas que se mueven entre dos corrientes, en apariencia enfrentadas, pero de las que ellos son capaces de llegar a una síntesis en muchos aspectos genial que nos ha dejado obras como este retablo, resultado de ese encuentro entre dos mundos, el medieval y el renacentista, en un escenario privilegiado: la Xàtiva de los Borja.

 

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