El Retablo Mayor de la Iglesia de San Félix:
Espejo de una Época

 

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Lucía González Menéndez

 

2. EL RETABLO MAYOR DE LA IGLESIA DE SAN FELIX

 

Al abordar el estudio del retablo mayor de San Félix la primera observación que se desprende es el pluralismo de su autoría: es evidente que hay varios artistas que colaboran en su ejecución, dando lugar al menos a tres grupos de tablas bien diferenciados. Por un lado está la predela, con una unidad estilística clara que entra de lleno en la estética hispanoflamenca. Este grupo de ocho tablas se ha atribuido al pintor conocido como Maestro de Xàtiva, autor de otros conjuntos pictóricos hoy conservados en la misma Xàtiva, como el retablo de Guerau de Castellvert de la Iglesia de San Pedro o el retablo de los Martí-Crespí de la Colegiata.


Arcángel Gabriel, detalle de la Anunciación.
 

Por otro lado está el grupo de tablas que conforman la polsera. Su artífice es conocedor de la impronta italiana que en Valencia es ya una realidad. Por ello sus figuras adquieren una monumentalidad y una volumetria quatrocentistas, en las que cabe destacar el preciso modelado de los rostros. Se trata sin duda del mismo artista responsable del retablo de la Transfiguración del Museo de Xàtiva o de la tabla de Santa Úrsula de la Colección Serra de Alzaga, obras ambas atribuidas al Maestro de Borbotó, aunque las tablas de la polsera de san Félix no comparten la misma semejanza con otras obras atribuidas a este pintor.

 

Por último, las tablas del neto tradicionalmente se han atribuido al Maestro de Artés, figura poco perfilada a la que también se han adjudicado obras de muy diferente condición. En el retablo de san Félix nos encontramos con un artista que participa del estilo hispanoflamenco, como queda de manifiesto en la tabla de San Eloy o en las representaciones de las Vírgenes, pero que a la vez es conocedor de los nuevos planteamientos renacentistas.


Escultura de san Félix Africano, patrón de Girona.
 

En cualquier caso, y al margen de la correcta identificación de los artífices del retablo, tarea harto complicada y que se aborda en otros apartados de esta publicación, el hecho de que sea una obra plural, con una autoría compartida, nos habla de una concepción del arte y del artista completamente diferente de la actual. Cuando nos acercamos al arte medieval tendemos a sobredimensionar el papel del artista, habituados como estamos a unos planteamientos generalizados desde el Romanticismo, que lo convierten en un ser genial, responsable único de la obra de la que es autor. Esto no se cumple en absoluto en la Edad Media, en donde el artista -el pintor en este caso- es un mero artesano, cuya estima no sobrepasa mucho la del tallista que realiza las tracerías del retablo o la del dorador que le confiere su aspecto final.

 

Por ello, cuando nos referimos a los artistas del siglo XV, debemos más bien pensar en talleres en los que se trabaja en equipo y en los que conceptos como el de autoría se diluyen entre un conjunto de figuras cuyos nombres sólo nos han llegado en contadas ocasiones.

 

Como afirma Emile Mâle, en el arte de la Edad Media no siempre se destaca la personalidad del artista, pero incontables generaciones de hombres hablan por su boca. (2) No importa tanto, pues, identificar a ese o a esos artesanos que con mayor o menor genialidad ejecutan un repertorio iconográfico bajo unas premisas estilísticas concretas, como acertar a comprender esa voz que nos habla desde la obra y que es la de una sociedad y un momento concreto de nuestra historia.


Escultura de san Félix de Lyon.
 

3. CONSIDERACIONES SOBRE LA ICONOGRAFÍA DEL RETABLO.

 

Un retablo es una obra particularmente compleja desde el punto de vista iconográfico, ya que es una suma de imágenes interrelacionadas entre si con un propósito determinado y obedeciendo a unas normas concretas. Ese propósito, que sin duda era obvio para una gran mayoría en el momento de su realización, ha ido desdibujándose con el paso del tiempo, a la vez que enturbiándose con cada intervención o alteración que ha ido sufriendo esa obra.

 

Es casi insólito que un retablo del siglo XV o XVI llegue hasta nosotros intacto, y en este sentido el retablo mayor de san Félix no es una excepción. La primera y más importante alteración es la de su espacio central, ocupado por una doble hornacina con las imágenes de dos santos. Es el resultado de una intervención acordada por el Consejo General de la Ciudad el 17 de octubre de 1643, (3) fruto de un debate que tuvo como objeto de controversia la advocación de la propia iglesia.

 

El origen de la iglesia de San Félix parece que hay que situado a mediados del siglo XIII, (4) poco después de la reconquista de Xàtiva. Los conquistadores catalanes que llegan con Jaume I fundan varios templos cristianos, advocándolos a sus respectivos patronos. Así, si los oriundos de Barcelona son los responsables de la Iglesia de la Merced y los tarraconenses fundan la iglesia de Santa Tecla, el grupo proveniente de Girona sería el que fundaría la iglesia de San Félix, advocándola al patrón de su ciudad de origen, San Félix Africano, cuya festividad se celebra el día 1 de agosto.


San Eloy y su ayudante san Hilonio, detalle del Milagro de San Eloy.
 

Sin embargo, existía también una tradición según la cual a finales del siglo II San Ireneo, obispo de Lyon, había enviado a tres santos, Félix, Aquilea y Fortunato, a predicar el cristianismo por tierras de Xàtiva, donde habrían sufrido persecuciones, siendo finalmente martirizados en Valencia el 23 de abril del año 204. Parece que en el siglo XVII esta tradición había adquirido gran predicamento, enfrentando a los partidarios de ambas posturas. Para resolver esta cuestión, en 1643 el Consejo de la Ciudad adopta una postura salomónica y decide advocar la iglesia a ambos santos, san Félix de Girona y San Félix de Lyon. Por ello, se encarga al escultor local Antoni Mas la restauración de una antigua imagen de san Félix de Girona y la ejecución de una nueva, representando al santo de Lyon. Ambas se ubicaron en una doble hornacina que se incorporó al retablo.

 

Este doble patronazgo ha sido origen de numerosas confusiones, identificándose en ocasiones los santos con San Félix y su ayudante Aquilea. La imagen más antigua -que podría datar del siglo XV- es la de San Félix Africano, patrón de Girona, al que se le representa como es habitual vestido con la dalmática de diácono. Lleva en la mano la palma alusiva a su martirio y un Evangelio cerrado, atributos que lo identifican. La escultura, que efectivamente fue repintada en el siglo XVII, es de bulto redondo, estando perfectamente trabajada en su parte posterior, al contrario que la de San Félix de Lyon, ejecutada pensando ya en su ubicación dentro de la hornacina. Desconocemos cual era el anterior emplazamiento de esta talla, aunque no es improbable que presidiese el retablo en solitario.

 

Por su parte, san Félix de Lyon lleva una casulla, además de palma de martirio y evangelio. Los rasgos del rostro y la postura ligeramente escorzada guardan poca homogeneidad con el hieratismo de la talla medieval del otro santo, adscribiéndolo sin atisbo de duda a un momento histórico diferente.

 

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