El Retablo Mayor de la Iglesia de San Félix:
Espejo de una Época

 

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Lucía González Menéndez

 

3.2. POLSERA

 

La polsera o guardapolvos acoge como es habitual una serie de santos, conocidos como santos de repertorio, por tratarse de los habituales en este tipo de emplazamiento, aunque con las peculiaridades propias del lugar en el que el retablo se ubica.

 

Una característica de las obras valencianas es la importancia de esta parte del retablo. Desde muy pronto, las polseras adquieren un tamaño considerable y los santos que en ella se representan se caracterizan por su monumentalidad. Es un rasgo de la retablística valenciana que se cumple con exactitud en esta pieza, en el que las figuras de las polsera son una de las partes más afortunadas del mismo.


San Jerónimo
 

Todas las figuras se disponen sobre un fondo de oro que ocupa casi dos tercios del espacio, estando el tercio inferior ocupado por una banda de un solo color. La presencia del oro en los fondos de las tablas es una constante en la pintura española del siglo XV y XVI, íntimamente relacionada con el interés del comitente en manifestar su fuerza económica y su status social. El oro confiere suntuosidad a la obra, despierta la admiración del fiel y mueve a la devoción al conectar con la idea de lo divino. Los personajes no se sitúan en un entorno real y cercano, sino en un espacio atemporal y trascendente, que se vincula con el concepto de lo sagrado.

 

Prueba de la pervivencia del empleo del oro en los fondos, incluso cuando ya triunfa el nuevo estilo renacentista traído de Italia, es la acusación que el cabildo valenciano formuló contra Paolo de San Leocadio y Francesco Pagano, pintores italianos autores de la decoración al fresco de la Capilla mayor de la Catedral de Valencia, aduciendo que no habían aplicado oro en la cantidad establecida. (9) Esta preocupación por la riqueza del acabado final de la pieza queda bien patente en el retablo mayor de san Félix, en el que al profuso dorado de la trama arquitectónica del retablo se añade el oro de los fondos de la polsera o de los fondos de otras tablas principales, como las de los patronos san Juan Bautista y san Eloy.


San Gregorio Magno
 

Otra regla medieval que se respeta escrupulosamente en las polseras es la de la simetría, considerada como la expresión de armonía. Así, en el retablo de San Félix vemos como se disponen seis figuras masculinas enfrentadas, mientras que en los hombros se sitúan dos figuras femeninas, santa Águeda y santa Bárbara, también enfrentadas y a ambos lados del ático los hermanos gemelos san Cosme y San Damián. La tabla cimera se destina a la efigie de Dios Padre, que culmina el conjunto.

 

Los PADRES DE LA IGLESIA: SAN JERÓNIMO, SAN GREGORIO MAGNO, SAN AGUSTÍN.

 

En la polsera del retablo aparecen tres de los cuatro padres de la Iglesia Occidental. San Jerónimo caracterizado con el capelo cardenalicio, el león domesticado y la maqueta de la iglesia; san Gregorio Magno, el único Papa, con las vestiduras pontificales y la paloma símbolo de la divina inspiración que le dictaba sus textos y san Agustín, también con maqueta de la Iglesia y con el característico hábito negro de la Orden fundada por él.      


San Agustín
 

Como doctores de la Iglesia, los tres sostienen una pluma de ave alusiva a sus escritos y de la palma de sus manos irradian rayos luminosos, símbolo que nos indica cómo con su doctrina sostuvieron e iluminaron la iglesia. La representación de los Padres de la Iglesia no es una práctica infrecuente en los retablos de la época. Por citar un ejemplo cercano, vuelven a aparecer en el retablo de la Transfiguración del Museo de Xàtiva, obra del mismo artista que los ejecuta para san Félix. Si en otros casos la inclusión de determinados santos en la polsera obedece a la popularidad de sus devociones o a la protección frente a enfermedades o males comunes, en este caso la presencia de los doctores de la iglesia posee una connotación de autoridad que contribuye a subrayar la importancia del retablo en que se incluya.

  

SAN HUMBERTO

 

Aunque tradicionalmente se ha identificado esta figura con el cuarto doctor de la Iglesia Occidental, un análisis de su iconografía evidencia la imposibilidad de que el santo de la polsera sea san Ambrosio. El personaje de la polsera aparece ataviado con las vestiduras de obispo, con mitra, casulla, palio y báculo y, como atributo que debe identificarle, aparece un ciervo.

 

Esta iconografía nos remite a san Humberto, que fue obispo de Maestricht y Lieja en el siglo VIII. Su atributo personal es un ciervo, en recuerdo de la leyenda que cuenta cómo, cuando Humberto era un joven príncipe de vida licenciosa tuvo una aparición durante una cacería. Un ciervo con una cruz entre las astas se dirigió hacia él al tiempo que una voz le conminaba a volverse hacia Dios. Tras esta visión, Humberto renuncia a su posición y entra como monje en un convento benedictino. Se le invoca como patrono de los cazadores y debió gozar de una importante devoción en Xàtiva, como lo atestigua su presencia en otro retablo de la época, el de los Martí-Crespí.       


San Humberto
 

SAN MIGUEL

 

San Miguel es una de las representaciones habituales de los retablos valencianos durante el siglo XV, particularmente en su faceta de guerrero combatiendo al demonio, como se nos presenta en el retablo de san Félix. Aparece, pues, es su rol de príncipe de las milicias celestes, vestido con peto dorado y capa roja, alanceando al demonio con su brazo derecho, mientras que en el izquierdo lleva su escudo habitual con una cruz roja. Es un modelo que se difunde a partir del siglo XIV, muy similar a la iconografía de otro santo muy popular de la época, san Jorge, del que tan sólo se distingue porque el arcángel lleva las alas que lo singularizan.

 

La iconografía de este san Miguel nos remite a los arcángeles de Joan Reixach, como el del museo catedralicio de Segorbe, en idéntica actitud. Sin embargo, en san Félix hay una impronta renacentista que despeja la armadura de pedrería, reduce el dorado del fondo a favor de un todavía tímido paisaje rocoso y, sobre todo, imprime a la figura un movimiento y una monumentalidad que lo alejan del espíritu hispanoflamenco.


Arcángel San Miguel
 

SAN SEBASTIÁN

 

Santo y mártir en tiempos de Diocleciano, fue condenado a morir atravesado con flechas, aunque sobrevivió, volviendo a enfrentarse al emperador, que ordenó que lo golpearan con garrotes hasta que murió y lo arrojaron a la cloaca principal de Roma. Muy pronto, en el siglo IV, comienza a invocársele como protector frente a la peste, aunque no fue hasta el siglo XIV cuando esta faceta se generalizó, multiplicándose las representaciones del santo.

 

En la polsera de san Félix san Sebastián aparece según su iconografía habitual en el siglo XV, joven, imberbe y vestido como un noble de la época. Lleva el arco y la flecha como atributo personal. No será hasta bien entrado el Renacimiento cuando se generalice la representación del santo semidesnudo y atado al tronco en el momento de recibir martirio.


San Sebastián
 

LAS DOS FIGURAS FEMENINAS: SANTA BÁRBARA y SANTA ÁGUEDA

 

Las dos santas que se sitúan en los hombros del retablo aparecen representadas de medio cuerpo, con una iconografía muy similar, vestidas con túnica y manto, con la cabeza descubierta tal como corresponde a su condición de doncellas y llevando la palma alusiva a su condición de mártires y un libro de oraciones en señal de devoción. Junto a ellas, aparecen los atributos que las identifican, la torre con las tres ventanas en el caso de santa Bárbara y la bandeja con los pechos en el caso de santa Águeda.


Santa Águeda
 

La historia de santa Bárbara procede de la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine y pronto adquirió una importante notoriedad, convirtiéndose en patrona de múltiple oficios, además de protectora frente a las tormentas y a la muerte fulminante. Por su parte, santa Águeda es de origen siciliano. En el momento de su muerte, el Etna entró en erupción, por lo que se invoca su nombre como protección frente a terremotos, erupciones volcánicas y, por extensión, frente al fuego en general. Ambas santas son presencias habituales en los retablos valencianos, prueba de la popularidad que sus respectivos patronazgos despertaban.


Santa Bárbara
 

 

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