JUAN PABLO II EL GRANDE

JUAN PABLO II EL GRANDE

Resulta imposible resumir lo que la figura y la obra del querido Papa Juan Pablo II ha supuesto para la Iglesia y para el mundo entero. Ha sido un pontificado cargado y lleno. Muchas veces he pensado como un hombre podía con tanto.


Hay dos fechas muy significativas, el 16 de octubre de 1978, su elección a la Sede de Pedro y el 2 de abril de 2005 día de su muerte, su entrada en el cielo. Entre una y otra se encuentra su labor pastoral.

¡No tengáis miedo: abrid las puertas a Cristo!


El anuncio de su elección en aquella tarde de octubre nos gustó a todos. Los cardenales de la Iglesia habían elegido a un Papa polaco y joven. Con esa elección algo muy nuevo comenzaba para la Iglesia en ese atardecer romano.

Pronto comenzó a notarse el carisma del nuevo Papa. Era joven, inventivo, alegre, trabajador, deportista, directo y dinámico: era un buen pastor. Por eso gustó desde el primer día. El Papa era noticia fresca, noticia deseada en todos los medios.

Los viajes apostólicos desde el primero a Méjico hasta el último a Lourdes, abrieron la Iglesia al mundo entero. Sus encíclicas y sus cartas apostólicas. Las Jornadas de la Juventud, los encuentros con el Pueblo de Dios. La Proclamación del Gran Jubileo y su desarrollo. Los Encuentros de Asís. Las audiencias semanales de los miércoles. Los abrazos ecuménicos … toda su actividad misionera ha mostrado a la humanidad un nuevo rostro de la Iglesia de Jesucristo.

“¡No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo!” Fueron sus primeras palabras pronunciadas el 22 de octubre de 1978 cuando en el marco de una solemne Eucaristía inauguró su pontificado. Esas mismas palabras nos las ha ido recordando en muchas de sus intervenciones: ¡No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo!.

El Santo Padre Juan Pablo II ha querido acercar el hombre a Dios, descubrirle el corazón de Cristo, presentar el Evangelio a la juventud actual. Y todo ello sin concesiones, sin abaratar la gracia, exigiendo a todos y mostrando al mundo una visión agradable, viva y seria de la fe.

La proclamación en los distintos areópagos del mundo de la dignidad y de los derechos de la persona humana, del hombre y de la mujer, de los niños nacidos y por nacer, de la familia, de los ancianos, así como de la fraternidad que ha de unir a todos los hijos de Dios; la defensa de la vida, de la libertad, de la concordia y la paz; la atención caritativa a los más necesitados de cualquier raza y religión para el desarrollo de todos los pueblos y la invitación constante a cuidar la creación, han resultado una verificación ejemplar de la evangelización.

No perdáis vuestras raíces cristianas


El mensaje de Juan Pablo II, propuesto siempre sin imposición ni injerencia alguna, sino con el valor profético y explícito del Evangelio y de la doctrina moral y social de la Iglesia que de él se deduce, ha llegado a contribuir de modo decisivo a la más justa configuración social de muchos países del Planeta.

Al proclamar tantos Santos y Beatos, muchos de ellos contemporáneos nuestros, recordemos que canonizó a san Jacinto Castañeda y a siete Mártires de Xàtiva, nos ha recordado a todos los católicos, que la santidad es posible para todos y que es necesario aspirar a ella por distintos caminos de seguimiento d e Jesucristo. Beatificaciones y canonizaciones como la del Papa Juan XXIII y Madre Teresa, el Padre Pío, Padre Maximiliano María kolbe, Edit Stein, entre otros muchos, han revitalizado y refrescado la vida cristiana.

Los viajes a España han sito todos ellos una verdadera misión popular; ha sacudido el letargo de muchos cristianos; ha llamado a las cosas por su nombre, ha invitado a los católicos a tomar en serio la vida de fe, el compromiso y el trabajo de la nueva evangelización. A la vez que han servido para expresar la más viva gratitud por el trabajo evangelizador de España en el Nuevo Mundo y en países de Asia como en Filipinas.

Por todo ello y ante el cuerpo sin vida del Papa y desde lo más profundo de mi corazón: Gracias Santo Padre por los beneficios recibidos. Gracias por su trabajo entregado y fatigoso; gracias por su palabra siempre clara y viva, penetrante y llena de ánimo; gracias por su coherencia, por su bondad, por su postura ante el azote de la guerra, por su afán de construir un mundo nuevo basado en la justicia y en la paz. Gracias Santo Padre por el amor que habéis profesado al hombre de hoy, a nosotros y a cada uno. Gracias Juan Pablo por hablar de Jesucristo sin miramientos, con tanta sinceridad y con tanta fuerza. Gracias Santidad por vuestra vida. Para todos nosotros siempre será un referente. ¡Ya lo es!. Nunca olvidaremos lo aprendido en estos años guiados por la Cruz Pastoral de vuestra Santidad. ¡Gracias Juan Pablo!

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