(59) La vida que cuenta el pueblo

Quiero iniciar hoy una serie nueva sobre nuestros siervos de Dios Manuel y Adela basándome en la exhortación apostólica del beato Juan Pablo II, el Grande, sobre la familia. El papa en esta exhortación marca el estilo de la familia cristiana del siglo xx y después de estudiar a fondo a los siervos de Dios, pienso que su vida familiar fue muy de acuerdo con lo que dice el papa muchos años después. De ahí mi intención de comentar algunos aspectos de la exhortación apostólica a la luz de la familia formada por Manuel y Adela.

Nuestra época tiene necesidad de sabiduría

Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una reflexión y de un compromiso profundos, para que la nueva cultura que está emergiendo sea íntimamente evangelizada, se reconozcan los verdaderos valores, se defiendan los derechos del hombre y de la mujer y se promueva la justicia en las estructuras mismas de la sociedad. De este modo el «nuevo humanismo» no apartará a los hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella de manera más plena.

En la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus aplicaciones técnicas ofrecen nuevas e inmensas posibilidades. Sin embargo, la ciencia, como consecuencia de las opciones políticas que deciden su dirección de investigación y sus aplicaciones, se usa a menudo contra su significado original, la promoción de la persona humana. Se hace pues necesario recuperar por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores morales, que son los valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales es el gran e importante cometido que se impone hoy día para la renovación de la sociedad. Sólo la conciencia de la primacía de éstos permite un uso de las inmensas posibilidades, puestas en manos del hombre por la ciencia; un uso verdaderamente orientado como fin a la promoción de la persona humana en toda su verdad, en su libertad y dignidad. La ciencia está llamada a ser aliada de la sabiduría.

Por tanto se pueden aplicar también a los problemas de la familia las palabras del Concilio Vaticano II: «Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría».(17)

La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original, se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable.

Así lo vivían los siervos de Dios

El matrimonio formado por los siervos de Dios sabía muy bien que al poner a Cristo como árbitro en su matrimonio se comprometían ambos miembros a formar una familia cristiana donde los criterios tenían que estar basados y alimentados por el Evangelio. Eso indicaba que Cristo, el Señor, tenía que estar muy presente entre ellos y los hijos que la Providencia les diera.

Manuel y Adela tenían muy claro, ya lo vivieron como novios, que los verdaderos valores, o sea, los morales y los cristianos, ellos los tenían que fomentar y vivir, inculcar a todos los miembros de su familia y a cuantos entraran en contacto con ellos. Los momentos en los que vivieron después de la Guerra Civil Española fueron cruciales, difíciles en todos los sentidos. Sabemos que les confiscaron todos los bienes, que pasaron hambre y terror durante esos años atroces y cuando todo acabó ellos querían curar heridas, perdonar, olvidar, reactivar la vida cristiana en la medida de sus posibilidades. Durante la Persecución Religiosa don Manuel se preocupó de que en su casa todos los domingos se celebrara la santa Misa, eso era un verdadero regalo, un refrigerio en medio de tanta persecución y tanto odio contra la Iglesia y contra los católicos, en Xàtiva también. Por eso al concluir la contienda Manuel y Adela se preocuparon de fomentar los valores cristianos, recuperar el sabor espiritual en las relaciones humanas.

Desde la farmacia el Siervo de Dios, como ya hemos comentado, desempeñaba una labor extraordinaria, su caridad constante iba creando un clima de perdón, de fraternidad y hasta espiritual, pues don Manuel colocaba la presencia divina en todo lo que hacía, Dios estaba muy presente en su vida, en su corazón y lo transmitía con su mirada, con sus palabras y sobre todo mediante su caridad.

Tanto Manuel como Adela, cristianos convencidos y probados, devolvieron la dignidad a la persona, dignidad que durante la guerra habían destruido los que en esos momentos habían usurpado el gobierno y fruto de su maldad asesinaron, robaron y destruyeron toda dignidad humana y espiritual.

Los Siervos de Dios lucharon para renovar la sociedad y lo consiguieron mediante el amor. Ni Manuel ni Adela odiaron a nadie y a todos los que les hicieron daño les perdonaron. Ése fue el camino que siguieron: perdonar y amar. Es el camino de los santos. Manuel y Adela lo recorrieron juntos y sabiendo muy bien a lo que les llevaba.

Los dos concebían siempre la vida como una bendición de Dios y a boca llena daban gracias al cielo, alababan a Cristo, el Señor y contagiaban a todos ese frescor que produce el corazón lleno y enamorado de Dios.

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