(60) La vida que cuenta el pueblo

Quiero iniciar hoy una serie nueva sobre nuestros Siervos de Dios Manuel y Adela basándome en la exhortación apostólica del beato Juan Pablo II, el Grande, sobre la familia. El papa en esta exhortación marca el estilo de la familia cristiana del siglo xx y después de estudiar a fondo a los Siervos de Dios, pienso que su vida familiar fue muy de acuerdo con lo que dice el papa muchos años después. De ahí mi intención de comentar algunos aspectos de la exhortación apostólica a la luz de la familia formada por Manuel y Adela.

Gradualidad y conversión

9. A la injusticia originada por el pecado –que ha penetrado profundamente también en las estructuras del mundo de hoy– y que con frecuencia pone obstáculos a la familia en la plena realización de sí misma y de sus derechos fundamentales, debemos oponernos todos con una conversión de la mente y del corazón, siguiendo a Cristo Crucificado en la renuncia al propio egoísmo: semejante conversión no podrá dejar de ejercer una influencia beneficiosa y renovadora incluso en las estructuras de la sociedad.

Se pide una conversión continua, permanente, que, aunque exija el alejamiento interior de todo mal y la adhesión al bien en su plenitud, se actúa sin embargo concretamente con pasos que conducen cada vez más lejos. Se desarrolla así un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y absoluto en toda la vida personal y social del hombre. Por esto es necesario un camino pedagógico de crecimiento con el fin de que los fieles, las familias y los pueblos, es más, la misma civilización, partiendo de lo que han recibido ya del misterio de Cristo, sean conducidos pacientemente más allá hasta llegar a un conocimiento más rico y a una integración más plena de este misterio en su  vida.

Así lo vivieron los siervos de Dios

A la familia cristiana se le pide una conversión perenne, nunca se está convertido del todo. Hay una anécdota preciosa y muy significativa en la vida de los Siervos de Dios que nos viene como anillo al dedo.

Las raíces familiares más recientes de Manuel Casesnoves no hacían presagiar la trayectoria del que llegaría a ser cristiano ejemplar tras iniciar sus relaciones con Adela. Los Casesnoves eran una familia muy marcada por las corrientes liberales de la segunda mitad del siglo xix y principios del xx y, consiguientemente, no muy religiosa.

Adela era, por lo contrario, una joven piadosa, que habló muy claro al que se convertiría en su esposo desde que él le dio muestras de la simpatía que sentía hacia ella: “Manolo –le dijo con emoción de enamorada y al mismo tiempo con seriedad de cristiana convencida–, si no eres capaz de compartir conmigo la asistencia a Misa y al Rosario, tendré que dejarte”. La respuesta del joven enamorado, que acababa de concluir en Madrid la carrera de farmacia, no se hizo esperar: “Adela, contigo siempre”.

A partir de ese momento cambiaron las cosas radicalmente. Amar a Dios sobre todas las cosas fue el lema de esta nueva familia cristiana. Tomaron muy en serio el ser una familia donde Cristo fuera el invitado principal de cada día, el fiador de su amor, el amo de su casa. Dios estaba presente siempre en todas sus inquietudes, ilusiones, sufrimientos y felicidad. Comenzaron juntos un largo y fecundo camino de testimonio cristiano, que sólo pudo interrumpir la muerte, cuando se llevó al Padre a Manuel el 24 de mayo de 1954.

El respeto mutuo, la necesaria disciplina, el sentido de la responsabilidad y la permanente referencia a Dios caracterizaron a aquella familia cristiana, (no pequeña, aparte de sus hijos, tuvieron en casa a dos sobrinos de la esposa, huérfanos de padre y madre, y que crecieron con los suyos como dos hijos  más), que se alimentaba con el pan de la Palabra y de la Eucaristía en la misa diaria y cultivaba una ferviente devoción a la Virgen María, que en Xàtiva lleva el entrañable título de Mare de Déu de la Seu, con el rezo diario en familia del santo rosario y la oración personal ante el Sagrario. Los Siervos de Dios Manuel y Adela vivieron el crecimiento espiritual, es decir, la conversión. Ellos aspiraban a la talla de Cristo por eso trabajaron su interior mediante la oración. Manuel como Adela formaban un matrimonio que rezaba, tenía tiempo para estar con Dios. Enseñó a rezar a sus hijos y rezaba con ellos. Los dos cónyuges supieron transmitir la fe y las virtudes cristianas a sus hijos con profundidad, seriedad y claridad.

Lo que exponer y a lo que invita la exhortación apostólica los siervos de Dios lo viven con plenitud. Su vida fue un continúo crecimiento del entramado cristiano, de tal manera que se constituyó, sin ellos pretenderlo, en ejemplo vivo para la parroquia y para cuantos conocían a Manuel y Adela en sus trabajos y relaciones familiares y sociales. Su ejemplo fue contundente y muy eficaz, hizo un gran bien en toda Xàtiva, tanto que aún perdura y se recuerda con inmenso cariño y gratitud.

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