(61) La vida que cuenta el pueblo

Arturo Climent Bonafé, abad de Xàtiva y vicepostulador de la causa de canonización

He iniciado esta serie nueva sobre nuestros Siervos de Dios Manuel y Adela basándome en la exhortación apostólica del beato Juan Pablo II, el Grande, sobre la familia. El papa en esta exhortación marca el estilo de la familia cristiana del siglo xx y después de estudiar a fondo a los Siervos de Dios, pienso que su vida familiar fue muy de acuerdo con lo que dice el papa muchos años después. De ahí mi intención de comentar algunos aspectos de la exhortación apostólica a la luz de la familia formada por Manuel y Adela.

El hombre imagen de Dios Amor

11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano. En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual.

La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una concretización de la verdad más profunda del hombre, de su «ser imagen de Dios».

En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente.

Así lo vivieron los siervos de Dios

Los Siervos de Dios Manuel y Adela vivieron en plenitud el amor. Ya de novios hicieron un pacto ante Dios y Él comenzó en ellos la obra buena que culminaría con el matrimonio. Dios bendijo el amor conyugal de estos jóvenes esposos con una hermosa corona de hijos.

Manuel y Adela se prometieron ante el altar de la Colegiata amor hasta la muerte y así lo vivieron. Nada ni nadie pudo resquebrajar o dañar el amor en este matrimonio. Ellos se entregaron el uno al otro con amor; un amor que supuso donación total y absoluta de ambos. Los dos cónyuges pusieron a Jesucristo como árbitro y lograron lo que san Pablo señala en la Carta a los Corintios: “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca.

Así lo entendieron Manuel y Adela y así lo vivieron hasta muerte.Sólo la muerte pudo deshacer este lazo tan hermoso que unía a los dos esposos e incluso después de la muerte del Siervo de Dios, Adela nunca ignoró la presencia de su esposo en su vida, pues sabía que estaba gozando de la presencia de Dios y junto a él intercedía por la familia, le ayudaba, le animaba y le daba fuerza para luchar y llevar adelante la familia, la hacienda y todos los problemas de cada día. El Padre nuestro que rezaba después de comer “por el papá” era la manifestación clara de que el papá estaba presente de forma espiritual. Eso animó mucho a la Sierva de Dios y le daba fuerzas.

El amor entre Manuel y Adela no pasó nunca, nunca terminó, aun después de la muerte de Manuel, Adela continuo amándole con toda su alma.

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